jueves, 21 de octubre de 2010

Capítulo tercero; Enero de 1942.

Mi uniforme olía muy mal, me provocaba náuseas tan solo respirar con él puesto, pero después de un rato me acostumbré a respirar por la boca. Mi estómago rugía y mi garganta estaba seca. Lo único que había comido había sido la sopa de col de la mañana y el caldo era toda el agua que había bebido. A mamá parecía no importarle pero yo estaba molesta. ¿Por qué nos trataban tan mal? ¿Habíamos hecho algo para molestarlos?

Era una cuestión a la que mamá siempre respondía de la misma forma: “Nos ha tocado mala suerte, eso es todo”. Pero yo no creía que fuera simplemente mala suerte. Había escuchado a gente mayor decir que los judíos la teníamos difícil para salir de ahí, que quizá moriríamos antes de salir del gueto. Le pregunté a mi madre y ella simplemente se puso en pie y se cruzó de brazos sin decirme nada. Últimamente nunca me dedicaba palabras más allá de los sermones cuando no quería hacer lo que ella me decía, desde que había llegado el soldado a recogernos a casa.

Me había limitado a observar dentro de la bodega donde dormíamos muchísimas mujeres. Llevaba a Oz en las manos y veía como todos tenían prisa y corrían de un lado al otro. Caminaban con rapidez como si estuvieran escapando de algo o de alguien. Como si alguien estuviese persiguiéndolos. Di un brinco al ver como una mujer soldado levantaba un arma al cielo y apretaba el gatillo tres veces y el sonido, fuerte como nunca lo había escuchado, me había hecho cubrirme los oídos y abrazar fuertemente a Oz. Un par de lágrimas me recorrieron las mejillas al sentir como mi madre me halaba apresuradamente para el interior de la bodega.

Alguna vez conocí a un hombre lleno de miedo, que miraba las calles repletas de nieve, con odio y, quizá, tristeza en su acerada mirada, ¿quién no tenía esa mirada añejada en aquellos tiempos de guerra y tempestad? Era difícil encontrar a alguien que no la tuviera. Recuerdo que me miró a los infantiles ojos y una lágrima resbaló por su mejilla, perdiéndose con la nieve que estaba cayendo sobre nuestros hombros. Yo pude ver como los ojos se le enrojecían y el agua de sus lagrimales comenzaba a congelarse. Hasta que se alejó de ahí con una mano cubriéndose el rostro, sin decirme nada.

Mi madre había decidido callar por días. Ni siquiera ese día había querido decirme palabra alguna. Y eso que era mi cumpleaños. Si, aquél frío día de Enero cumplía nueve años… y papá no estaba conmigo.

La noche anterior soñé que bailaba un hermoso vals en un gran salón de la alta sociedad y que mi rizado cabello estaba peinado elegante y que mi vestido verde no estaba sucio, por primera vez en mi vida. Mis mejillas estaban rosadas y mis labios tenían un ligero tono de carmín. Mi madre se veía hermosa y mi padre era guapísimo. Papá me había tomado de la mano y me había sacado a bailar frente a todos. ¿No era increíble? Era como si papá hubiera regresado de la muerte tan solo para festejar esta ocasión que siempre le había parecido importante.

Se que quizá era una fantasía de niña pequeña, de una cumpleañera encerrada en un campo de concentración. Ese era mi deseo de cumpleaños. Se lo había pedido a las velas del pastel de chocolate que había dibujado en la tierra debajo de mi cama. Hubiera dado todo por tener a mi padre de vuelta. Aunque fuera solo un día.

Miré a mi madre mientras terminaba de enjuagar los uniformes que le había dado después de enjabonarlos. Ella no lo había dicho pero esos trapos – no podía llamarlos de otra forma – olían igual a los que nos habían entregado cuando recién habíamos llegado al campo.

No sabía por qué, pero tenía la sensación de que olían a muerte. Como si la última persona que lo había usado hubiera muerto con el puesto. Era cierto que nunca nos bañábamos y nunca nos limpiábamos de la forma en que normalmente lo hacíamos en casa, pero no podíamos hacerlo. Sin embargo, ninguno de nosotros olía igual de mal.

Mamá me había dicho que aunque oliera mal o estuviera sucia, no le hiciera caso a los soldados y me olvidara de ir a las regaderas. Me había dicho que no eran seguras. Lo dijo tan seria que no se me ocurrió replicar o desobedecerla. Sentí mucho miedo. Sin embargo, el día que hicieron la inspección, se llevaron a muchos niños, pero no a mi. Mi madre se sintió aliviada en el momento en que una mujer me había tirado del cabello y yo no había dicho ni reclamado absolutamente nada. La sentí nerviosa a mi lado , mirando de reojo cuando la guardia revisó mis manos regordetas, y suspiró aún más aliviada cuando la mujer dijo en alemán que yo podía trabajar. Sentí lástima por los otros niños, por los más pequeños o los recién nacidos, y también por los ancianos y los más enfermos. Nunca más los volvimos a ver.

“¿Por qué las regaderas son malas?”—pregunté a mi madre, aún enjabonando los uniformes, sin medir las consecuencias de mis palabras.

“¿Por qué quieres saberlo?”—respondió sin levantar la mirada y sin dejar de tallar el pantalón.

“¿Por qué esas personas no regresaron? ¿A dónde fueron?...¿Y los bebés?”

“No estás en edad para saberlo. Aún eres muy pequeña.”

Y ella siguió lavando la ropa. Yo fruncí los labios y la miré con desprecio. Esperé unos segundos con la esperanza de que ella dijera algo sobre el día que era. Pero no lo hizo, así que arrojé un recipiente con agua y jabón hacia donde estaba ella. Sequé con violencia la lágrima que recorría mi mejilla y caminé hacia la puerta, mirando a mi madre con resentimiento y reproché.


“Hoy cumplo nueve años, ¿recuerdas? Papá si hubiera recordado mi cumpleaños. Él si me quería.”--Escuché a mi madre gritar mi nombre junto con algunos improperios que no quisiera repetir, seguidos del azote de un recipiente contra la puerta que yo ya había cerrado.


Aquello no era cierto. Estaba segura de que mamá recordaba a la perfección qué día era. Pretendió no recordarlo porque quizá así yo no lo haría y no me sentiría mal al respecto y no le reprocharía nada. Sin embargo, olvidaba que tenía una hija que solía reprochar por absolutamente todo, y ahora me arrepiento de ello. Esa noche la escuché llegar a la bodega donde dormíamos pero no abrí los ojos y me hice la dormida. No quería hablar con ella todavía. Pero lo que escuché me heló la sangre.


“¿Qué te han preguntado, Deborah?—preguntó Eli con voz presurosa, angustiada.

“Lo mismo, pero cada vez están más enojados. No podré callarme por más tiempo”

“Tienes que hacerlo, Deborah. Por Krysia. Ella no puede saberlo. La matarán.”—guardó un silencio que se me hizo eterno—“¿Cuándo irás otra vez?”

“No sé, no me lo han dicho. Dijeron que ellos vendrían y yo lo sabría.”

El corazón comenzó a latirme fuerte y rápidamente. ¿Qué sería eso que mamá y todas las demás estarían ocultándome? ¿Por qué estaban interrogando a mamá hasta tarde? ¿Por qué podían matarme si lo sabía?

“Hoy fue su cumpleaños, ¿Sabes?”—dijo con pesadumbre, mientras se sentaba a mi lado y me acariciaba la coronilla—“Es una niña grande.”

Guardó silencio y escuché como se le quebraba la voz poco a poco al mismo tiempo que sentí como caía una lágrima en mi rojiza cabellera.

“Pretendí que había olvidado que día era, pero no lo hice. ¿Cómo podría? Solo quiero que sea fuerte, que no se ilusione, que sea una niña grande. Tiene que aprender a sobrevivir dentro y fuera del gueto…si es que alguna vez logramos salir de aquí.”

Se me erizó la piel tan solo de pensar que no saldríamos de aquí. No abrí los ojos pero pude sentir las lágrimas recorrerle el rostro. Estaba sufriendo y yo no podía ayudarla. ¿Qué más podía hacer una niña de tan solo nueve años en un lugar como ese? ¿Qué podía hacer yo, siendo tan pequeña, sin dinero, sin bienes materiales, por ella? No podía hacer nada más que comprenderla. Madurar en cuestión de segundos. Crecer de un día para el otro. Ser fuerte por ella, porque así lo necesitaba. Simplemente cerré los ojos con ese último pensamiento en la cabeza, en el corazón.

Mamá sabía que yo era fuerte, pero no lo suficiente para sobrevivir en un mundo de muerte y guerra. Era tan pequeña, pero al mismo tiempo subestimaban mi inocencia. Quizá hasta yo misma lo hacía, pero poco a poco, el sentido de supervivencia se apodera de ti y debes seguir si quieres ser la última persona de pie.

“Aún sigues enfadada conmigo?”—preguntó mamá, con voz seca, mientras contaba las semillas. Yo no le respondí y seguí contando las papas.—“No puedes ignorarme siempre.”

“Tu me ignoras todo el tiempo…”—Supe que le había dolido mi comentario, porque se le humedecieron los ojos. Sin embargo, era la verdad.—“…¿Por qué no puedo ignorarte yo?”
“Porque soy tu madre y te pido que no me ignores.”

“Pues yo soy tu hija y aún así lo haces.”

“Basta ya, Krysia. No podemos estar enfadadas una con la otra más tiempo.”

“Tú siempre estás enojada conmigo, hasta en mi cumpleaños. Me ocultas cosas, me abofeteas si digo algo que no te gusta o simplemente me mientes. ¿Por qué tengo que estar contenta contigo si me tratas mal?”

“Porque soy lo único que tienes”

“Tengo a Oz”

“Oz no va a cuidarte o ayudarte cuando los soldados quieran dañarte”

No supe que responder. Había abierto la boca, pero simplemente logré balbucear. Era cierto. Un simple oso de peluche raído no iba a ayudarme si los soldados querían fusilarme, o querían hacerme algo. Inicie por tercera vez la cuenta de las papas. Me habían dicho que las apilara de cincuenta en cincuenta, pero con tanto ruido me desconcentraba.

Yo sabía que mamá era lo único que tenía. Odiaba estar enfadada con ella, pero se lo merecía. O al menos eso era lo que yo creía en ese entonces. No podía hacer nada más. No cuando ella me mentía o me ocultaba las cosas. Quizá era la mentalidad o inocencia de una niña de nueve años, que cree que debe saber absolutamente todo lo que le ocultan. Pero no es así. Hay algunas cosas que hoy día, yo hubiera preferido no saber. Nunca.

Ambas nos mantuvimos en silencio. Durante una hora. Hasta que fuimos a comer.
No sabía cuánto tiempo llevábamos sin ingerir alimento alguno, pero hasta que olí la comida no me di cuenta de cuánta hambre tenía en verdad. Por un momento imaginé que estábamos comiendo un delicioso barszcz seguido de zrazy bien jugosa. Era la única forma en que olvidaba que tenía que comer una simple sopa de col fría y con uno que otro honguito. Era la única forma de sobrevivir los días que no nos daban ni siquiera un pan para desayunar.

“Feliz cumpleaños..”—mi madre había conseguido una pieza de pastel de chocolate y me lo entregó envuelto en una servilleta –“Escóndelo”

Hice caso y lo escondí entre mi ropa y lo guardé para después, cuando tuviera más hambre. Le sonreí a mi madre. Ella también sonrió. Era la primera vez que lo hacía desde que habíamos llegado.

Ya no estábamos enojadas.