jueves, 21 de octubre de 2010

Capítulo tercero; Enero de 1942.

Mi uniforme olía muy mal, me provocaba náuseas tan solo respirar con él puesto, pero después de un rato me acostumbré a respirar por la boca. Mi estómago rugía y mi garganta estaba seca. Lo único que había comido había sido la sopa de col de la mañana y el caldo era toda el agua que había bebido. A mamá parecía no importarle pero yo estaba molesta. ¿Por qué nos trataban tan mal? ¿Habíamos hecho algo para molestarlos?

Era una cuestión a la que mamá siempre respondía de la misma forma: “Nos ha tocado mala suerte, eso es todo”. Pero yo no creía que fuera simplemente mala suerte. Había escuchado a gente mayor decir que los judíos la teníamos difícil para salir de ahí, que quizá moriríamos antes de salir del gueto. Le pregunté a mi madre y ella simplemente se puso en pie y se cruzó de brazos sin decirme nada. Últimamente nunca me dedicaba palabras más allá de los sermones cuando no quería hacer lo que ella me decía, desde que había llegado el soldado a recogernos a casa.

Me había limitado a observar dentro de la bodega donde dormíamos muchísimas mujeres. Llevaba a Oz en las manos y veía como todos tenían prisa y corrían de un lado al otro. Caminaban con rapidez como si estuvieran escapando de algo o de alguien. Como si alguien estuviese persiguiéndolos. Di un brinco al ver como una mujer soldado levantaba un arma al cielo y apretaba el gatillo tres veces y el sonido, fuerte como nunca lo había escuchado, me había hecho cubrirme los oídos y abrazar fuertemente a Oz. Un par de lágrimas me recorrieron las mejillas al sentir como mi madre me halaba apresuradamente para el interior de la bodega.

Alguna vez conocí a un hombre lleno de miedo, que miraba las calles repletas de nieve, con odio y, quizá, tristeza en su acerada mirada, ¿quién no tenía esa mirada añejada en aquellos tiempos de guerra y tempestad? Era difícil encontrar a alguien que no la tuviera. Recuerdo que me miró a los infantiles ojos y una lágrima resbaló por su mejilla, perdiéndose con la nieve que estaba cayendo sobre nuestros hombros. Yo pude ver como los ojos se le enrojecían y el agua de sus lagrimales comenzaba a congelarse. Hasta que se alejó de ahí con una mano cubriéndose el rostro, sin decirme nada.

Mi madre había decidido callar por días. Ni siquiera ese día había querido decirme palabra alguna. Y eso que era mi cumpleaños. Si, aquél frío día de Enero cumplía nueve años… y papá no estaba conmigo.

La noche anterior soñé que bailaba un hermoso vals en un gran salón de la alta sociedad y que mi rizado cabello estaba peinado elegante y que mi vestido verde no estaba sucio, por primera vez en mi vida. Mis mejillas estaban rosadas y mis labios tenían un ligero tono de carmín. Mi madre se veía hermosa y mi padre era guapísimo. Papá me había tomado de la mano y me había sacado a bailar frente a todos. ¿No era increíble? Era como si papá hubiera regresado de la muerte tan solo para festejar esta ocasión que siempre le había parecido importante.

Se que quizá era una fantasía de niña pequeña, de una cumpleañera encerrada en un campo de concentración. Ese era mi deseo de cumpleaños. Se lo había pedido a las velas del pastel de chocolate que había dibujado en la tierra debajo de mi cama. Hubiera dado todo por tener a mi padre de vuelta. Aunque fuera solo un día.

Miré a mi madre mientras terminaba de enjuagar los uniformes que le había dado después de enjabonarlos. Ella no lo había dicho pero esos trapos – no podía llamarlos de otra forma – olían igual a los que nos habían entregado cuando recién habíamos llegado al campo.

No sabía por qué, pero tenía la sensación de que olían a muerte. Como si la última persona que lo había usado hubiera muerto con el puesto. Era cierto que nunca nos bañábamos y nunca nos limpiábamos de la forma en que normalmente lo hacíamos en casa, pero no podíamos hacerlo. Sin embargo, ninguno de nosotros olía igual de mal.

Mamá me había dicho que aunque oliera mal o estuviera sucia, no le hiciera caso a los soldados y me olvidara de ir a las regaderas. Me había dicho que no eran seguras. Lo dijo tan seria que no se me ocurrió replicar o desobedecerla. Sentí mucho miedo. Sin embargo, el día que hicieron la inspección, se llevaron a muchos niños, pero no a mi. Mi madre se sintió aliviada en el momento en que una mujer me había tirado del cabello y yo no había dicho ni reclamado absolutamente nada. La sentí nerviosa a mi lado , mirando de reojo cuando la guardia revisó mis manos regordetas, y suspiró aún más aliviada cuando la mujer dijo en alemán que yo podía trabajar. Sentí lástima por los otros niños, por los más pequeños o los recién nacidos, y también por los ancianos y los más enfermos. Nunca más los volvimos a ver.

“¿Por qué las regaderas son malas?”—pregunté a mi madre, aún enjabonando los uniformes, sin medir las consecuencias de mis palabras.

“¿Por qué quieres saberlo?”—respondió sin levantar la mirada y sin dejar de tallar el pantalón.

“¿Por qué esas personas no regresaron? ¿A dónde fueron?...¿Y los bebés?”

“No estás en edad para saberlo. Aún eres muy pequeña.”

Y ella siguió lavando la ropa. Yo fruncí los labios y la miré con desprecio. Esperé unos segundos con la esperanza de que ella dijera algo sobre el día que era. Pero no lo hizo, así que arrojé un recipiente con agua y jabón hacia donde estaba ella. Sequé con violencia la lágrima que recorría mi mejilla y caminé hacia la puerta, mirando a mi madre con resentimiento y reproché.


“Hoy cumplo nueve años, ¿recuerdas? Papá si hubiera recordado mi cumpleaños. Él si me quería.”--Escuché a mi madre gritar mi nombre junto con algunos improperios que no quisiera repetir, seguidos del azote de un recipiente contra la puerta que yo ya había cerrado.


Aquello no era cierto. Estaba segura de que mamá recordaba a la perfección qué día era. Pretendió no recordarlo porque quizá así yo no lo haría y no me sentiría mal al respecto y no le reprocharía nada. Sin embargo, olvidaba que tenía una hija que solía reprochar por absolutamente todo, y ahora me arrepiento de ello. Esa noche la escuché llegar a la bodega donde dormíamos pero no abrí los ojos y me hice la dormida. No quería hablar con ella todavía. Pero lo que escuché me heló la sangre.


“¿Qué te han preguntado, Deborah?—preguntó Eli con voz presurosa, angustiada.

“Lo mismo, pero cada vez están más enojados. No podré callarme por más tiempo”

“Tienes que hacerlo, Deborah. Por Krysia. Ella no puede saberlo. La matarán.”—guardó un silencio que se me hizo eterno—“¿Cuándo irás otra vez?”

“No sé, no me lo han dicho. Dijeron que ellos vendrían y yo lo sabría.”

El corazón comenzó a latirme fuerte y rápidamente. ¿Qué sería eso que mamá y todas las demás estarían ocultándome? ¿Por qué estaban interrogando a mamá hasta tarde? ¿Por qué podían matarme si lo sabía?

“Hoy fue su cumpleaños, ¿Sabes?”—dijo con pesadumbre, mientras se sentaba a mi lado y me acariciaba la coronilla—“Es una niña grande.”

Guardó silencio y escuché como se le quebraba la voz poco a poco al mismo tiempo que sentí como caía una lágrima en mi rojiza cabellera.

“Pretendí que había olvidado que día era, pero no lo hice. ¿Cómo podría? Solo quiero que sea fuerte, que no se ilusione, que sea una niña grande. Tiene que aprender a sobrevivir dentro y fuera del gueto…si es que alguna vez logramos salir de aquí.”

Se me erizó la piel tan solo de pensar que no saldríamos de aquí. No abrí los ojos pero pude sentir las lágrimas recorrerle el rostro. Estaba sufriendo y yo no podía ayudarla. ¿Qué más podía hacer una niña de tan solo nueve años en un lugar como ese? ¿Qué podía hacer yo, siendo tan pequeña, sin dinero, sin bienes materiales, por ella? No podía hacer nada más que comprenderla. Madurar en cuestión de segundos. Crecer de un día para el otro. Ser fuerte por ella, porque así lo necesitaba. Simplemente cerré los ojos con ese último pensamiento en la cabeza, en el corazón.

Mamá sabía que yo era fuerte, pero no lo suficiente para sobrevivir en un mundo de muerte y guerra. Era tan pequeña, pero al mismo tiempo subestimaban mi inocencia. Quizá hasta yo misma lo hacía, pero poco a poco, el sentido de supervivencia se apodera de ti y debes seguir si quieres ser la última persona de pie.

“Aún sigues enfadada conmigo?”—preguntó mamá, con voz seca, mientras contaba las semillas. Yo no le respondí y seguí contando las papas.—“No puedes ignorarme siempre.”

“Tu me ignoras todo el tiempo…”—Supe que le había dolido mi comentario, porque se le humedecieron los ojos. Sin embargo, era la verdad.—“…¿Por qué no puedo ignorarte yo?”
“Porque soy tu madre y te pido que no me ignores.”

“Pues yo soy tu hija y aún así lo haces.”

“Basta ya, Krysia. No podemos estar enfadadas una con la otra más tiempo.”

“Tú siempre estás enojada conmigo, hasta en mi cumpleaños. Me ocultas cosas, me abofeteas si digo algo que no te gusta o simplemente me mientes. ¿Por qué tengo que estar contenta contigo si me tratas mal?”

“Porque soy lo único que tienes”

“Tengo a Oz”

“Oz no va a cuidarte o ayudarte cuando los soldados quieran dañarte”

No supe que responder. Había abierto la boca, pero simplemente logré balbucear. Era cierto. Un simple oso de peluche raído no iba a ayudarme si los soldados querían fusilarme, o querían hacerme algo. Inicie por tercera vez la cuenta de las papas. Me habían dicho que las apilara de cincuenta en cincuenta, pero con tanto ruido me desconcentraba.

Yo sabía que mamá era lo único que tenía. Odiaba estar enfadada con ella, pero se lo merecía. O al menos eso era lo que yo creía en ese entonces. No podía hacer nada más. No cuando ella me mentía o me ocultaba las cosas. Quizá era la mentalidad o inocencia de una niña de nueve años, que cree que debe saber absolutamente todo lo que le ocultan. Pero no es así. Hay algunas cosas que hoy día, yo hubiera preferido no saber. Nunca.

Ambas nos mantuvimos en silencio. Durante una hora. Hasta que fuimos a comer.
No sabía cuánto tiempo llevábamos sin ingerir alimento alguno, pero hasta que olí la comida no me di cuenta de cuánta hambre tenía en verdad. Por un momento imaginé que estábamos comiendo un delicioso barszcz seguido de zrazy bien jugosa. Era la única forma en que olvidaba que tenía que comer una simple sopa de col fría y con uno que otro honguito. Era la única forma de sobrevivir los días que no nos daban ni siquiera un pan para desayunar.

“Feliz cumpleaños..”—mi madre había conseguido una pieza de pastel de chocolate y me lo entregó envuelto en una servilleta –“Escóndelo”

Hice caso y lo escondí entre mi ropa y lo guardé para después, cuando tuviera más hambre. Le sonreí a mi madre. Ella también sonrió. Era la primera vez que lo hacía desde que habíamos llegado.

Ya no estábamos enojadas.

viernes, 23 de julio de 2010

Capítulo Segundo

Enero de 1942

Esos números tatuados con fuerza y en contra de mi voluntad en mi antebrazo derecho me habían dolido demasiado. Tanto, que aún ahora me duelen. Me hacen recordar no solo el día en que llegamos a Buchenwald, sino también lo que habíamos pasado en el vagón del tren durante esas siete noches.

¿Qué habría sido de las personas que habían desaparecido en el vagón? ¿De dónde provenía ese terrible olor que inundaba el reducido espacio donde todos estábamos muriendo de hambre?

Los vagones eran los ataúdes de las personas que habían muerto por inanición o deshidratación. El olor que inundaba el pequeño vagón, eran los gases que emitían los cadáveres apilados en el fondo, cubiertos con paja y ropa en mal estado.

Mamá me había prohibido ir a mirar qué era lo que había debajo de toda esa capa de ropa sucia y maloliente. No quería que me topara con toda esa montaña de cuerpos sin vida que ni siquiera se comparaba con las montañas de cadáveres en los campos de concentración.

El día que llegamos a Buchenwald, nos separaron a hombres y mujeres, niños y niñas y de muy mala forma, nos quitaron nuestras maletas y nos entregaron un saco de tela que contenía trapos sucios. O al menos eso era lo que yo creía.

Lo único que me dejaron conservar fue la ropa que llevaba puesta, y, como no se dieron cuenta que tenía a Oz escondido entre mi vestido, pude conservarlo.

Dentro del saco, había trapos sucios que, después de sacarlos, me di cuenta que era un tipo de uniforme que vi a otras personas usar mientras movían piedras en una carretilla de un lado al otro. Era muy feo y olía mal, además de que estaba mucho muy sucio. ¿Quién habría utilizado ese uniforme que no lo había lavado? Fruncí la nariz y miré a mamá con desaprobación en los ojos. Por ningún motivo iba a ponerme eso.

Pero ella me obligó. El número que estaba bordado en un papel fue el número que tuve que memorizar, fue el número que los alemanes tatuaron en mi piel. Krysia había dejado de ser mi nombre; ahora era simplemente 33546. Así era conocida ante los soldados que levantaban las mangas de mi suéter para saber quien demonios era.

Me había dolido hasta el alma. Pero no podía gritar y tampoco podía llorar. Mamá me lo había pedido y había llegado a la conclusión, después de ver como uno de esos soldados de la S.S. mataba una fila de ancianos como si jugara al tiro al blanco, solo porque eran demasiado viejos para hacer lo que les pedían que hicieran, de que aquello era un asunto muy serio. A pesar de tener la edad que tenía, sabía, muy dentro de mi, que si hacía lo que ellos me pedían, sobreviviría, pero si les desobedecía…. No quería dejar sola a mamá.

Un par de lágrimas me recorrieron la mejilla izquierda, y otro par más cayeron sobre mi antebrazo recién tatuado. Mi madre estaba llorando. Ella también había sido tatuada, pero le había dolido más el observar como sus manos habían dejado marcas en mi blanco brazo, por tratar de evitar que me moviera y todo se fuera a la mierda.

“¿Mamá? ¿Por qué estamos aquí?”—pregunté a mi madre mientras observaba el cuarto donde nos habían enviado.

“Por que hemos tenido mala suerte, cielo”—respondió ella con un dejo de tristeza en la mirada, cruzándose de brazos, acariciando la parte interior de su antebrazo, limpiando las gotas de sangre que temían rato saliendo.

“¿Mala suerte? ¿Pero sobre qué?”

Pero mi madre no me respondió. Simplemente miró el pequeño haz de luz de luna que se colaba por la tela que cubría la ventana y guardó silencio por un rato, sin siquiera mirarme. En realidad no sabía que era lo que pasaba por su mente, y no sabía si quería saberlo.

Abrí la puerta del mugroso cuarto por unos cuantos minutos y levanté la cabeza y vi el bosque de alambrada de púas que había frente a mi, dirigí la mirada a los centellantes reflectores, alumbrando el camino terregoso frente a mis pies. Iluminando el camino por si alguien quería escapar.

“¡Krysia! ¡Cierra esa puerta!”—gritó mi madre mientras me apartaba de un porrazo de la puerta metálica y la cerraba de un sonoro golpe. Me Sostuvo por los brazos entre sus manos y me agitó con fuerza, con el rostro desencajado—“¿Qué es lo que pasa por tu cabeza? ¿Quieres que nos maten? O peor aún, ¿quieres que te maten a ti?”

La miré con horror. Por primera vez desde que salimos de mi Cracovia me había hablado directamente, mirándome a los ojos. Solo que no fue de la forma en que yo lo había esperado o lo hubiera querido. Volví a mirarla y sentí como los ojos comenzaban a nublárseme con las lágrimas que luchaban por salir mientras que mis ojos las mantenían cautivas. Negué con la cabeza y finalmente me abrazó con fuerza y se echó a llorar.

Tomé asiento y ella se puso de rodillas, tomando mis manos blancas y regordetas manitas entre las níveas y delgadas suyas. Me miró al rostro y me secó una lágrima que comenzaba a recorrer las mejillas pecosas y enredó uno de sus dedos en un rizo de mi rojizo cabello.

Ladeé un poco la cabeza y esperé a que hablara, y lo que me dijo, me hiela la sangre cada vez que lo recuerdo. Era como si ella hubiera sabido lo que iba a suceder, algo que nadie más sabía. “Tu tendrás que ser fuerte cuando yo muera, Krysia, tendrás que valerte por ti misma dentro de poco tiempo..”

En ese momento no comprendí de lo que estaba hablando, pero tiempo después, entendería a la perfección lo que había querido decir.

“No podría soportar perderte antes de tiempo, hija mía.”—me dijo después de un incómodo silencio, después de ver como las lámparas de los soldados apuntaban al cuarto y me tomó de la mano, para llevarme a una de las camas más cercanas, donde había colocado lo que nos habían dejado conservar de nuestras pertenencias. Ahí estaba Oz. Mamá me lo dio y yo lo abracé con fuerza—“Eres lo único que me queda..”

Me había quedado segundos después de que dijo eso y sinceramente no recordaba si me había dicho algo más. Pero por lo regular, mamá siempre se quedaba a mi lado cuando dormía unos minutos más, verificando que no tuviera pesadillas.

Pero aquella noche fue diferente.

Los gritos no me habían dejado dormir. Me di cuenta que mamá tampoco podía dormir, lo supe porque la había sentido levantarse de la cama en varias ocasiones. El frío era mucho como para soportarlo con una sola cobija, así que mamá me puso la suya y ella se mantuvo en constante movimiento para mantener su calor corporal.

“Mamá, ven a dormir.”

“No tengo sueño, aprovecha y duerme tu, cariño.”—respondió ella, con una leve sonrisa en el rostro.

Me encogí de hombros y volví a recostarme, abrazando con mucha fuerza a Oz, pero la verdad es que tampoco pude conciliar el sueño. El llanto de las niñas más pequeñas comenzaba a molestarme y los sollozos de las mujeres que gritaban por sus maridos me calaba los huesos.

No podía evitar que la piel se me erizara con tan solo recordar el llanto de aquellas mujeres, clamando por los suyos que estaban del otro lado. Me era inevitable pensar en lo que todos ellos sentían. Lo que sentían quienes estaban separados. No me imagino a mamá gritando para saber si papá estaba aún vivo.

Pero papá había muerto un par de años antes. Nunca se me había esclarecido el por qué había fallecido mi padre, sino hasta que estuve en uno de los campos de concentración por ahí del año de 1943. Y no quise creerlo, hasta unos meses después.

Esa fría mañana de invierno, nuestra primer mañana, nos habían levantado mucho antes que las cinco en punto de la mañana. Busqué a mamá con la mirada y la encontré dormida a mi lado, tan calmada como cuando papá vivía.

“Mamá, despierta, nos llevarán a desayunar”—ella abrió los ojos con pesadumbre y se levantó inmediatamente, como si fuera una opción que tuviera integrada en el cuerpo para hacerlo automáticamente.

Me sacudí el cabello enmarañado y pasé los dedos entre los rizos, intentando desenredarlo, pero fue en vano. Cada vez estaba más alborotado y no podría hacer nada. Resoplé y me puse en pie, escondiendo a Oz entre mis ropas y poniéndome ese horrible uniforme a rayas que me habían dado la noche anterior al llegar al lugar.

Negué con la cabeza y mamá me miró de forma desafiante. No me gustaba que me mirara de esa forma, no después de lo que me había dicho antes de ir a dormir.

Dos soldados entraron al cuarto y nos hicieron pararnos frente a nuestras camas, derechos, como si estuviéramos castigados. Levanté la cabeza, imitando a mamá y a las demás mujeres de su edad. Las otras niñas se escondían detrás de sus madres y sollozaban en silencio mientras el intérprete hablaba y gritaba ordenes a diestra y siniestra. Pero la menos iríamos a desayunar.

Si, desayunamos, pero no contaba con lo que conformaría la comida más importante del día. Miré la bandeja metálica abollada y luego miré a mi madre, quien al parecer miraba todo lo que había en su bandeja como si fuera un festín que había preparado en casa.

“Está frío..¿qué es?” –Enarqué una ceja y le di un tirón a la manga de mi madre para que volteara.

“Es comida, aprovéchala. A saber cuando podamos volver a comer.”

Negué con la cabeza pero tenía demasiada hambre como para decirle que no a algo de comer. Y lo hice, terminándomelo todo, a pesar de que sabía terriblemente mal, a pesar de que después de la segunda cucharada de la sopa de col fría comencé a sentir dolor de estómago. Pero tenía hambre. No podía desperdiciarlo, porque mamá tenía razón, no sabíamos cuándo volveríamos a comer.

lunes, 24 de mayo de 2010

Y si me pegó duro...

Es curioso cuando alguien se va y sientes aquella opresión en el pecho, como si algo faltara. El haber conocido poco o casi nada a alguien que se fue, no significa que no te afecte o que pase desapercibido, o que simplemente te sea indiferente.

El día 21 de Mayo falleció una persona que muchos adoraban, que muchos admiraban y que lamentablemente, yo no tuve la dicha o el placer de conocer lo suficiente como para dedicarle unas palabras como las que sus verdaderos amigos le dedicaron en su muro de Facebook.

Muchas cosas se quedaron pendientes; pláticas, consejos, peleas, derrotas y victorias quedaron en el aire, esperando a que algún día, en algún momento, puedan ser retomadas y, finalmente, llegar a una conclusión o declarar a alguien el ganador.

Yo no era su amiga, no, pero.. todos los demás si lo eran. Y eso es quizá lo que más me habrá afectado a mi. El no haberlo conocido lo suficiente como para llorarle por alguna razón cualquiera como todos los demás.

El ver a su novia destrozada me hizo pensar en lo que yo sentiría, lo que yo haría si José llegara a faltarme. Si llegara a irse de un momento a otro, cuando menos lo espere, cuando más lo necesite, dejándome “sola”.

En los zapatos de sus padres. Yo no tendría la fuerza de enterrar a mi hijo a pesar de las circunstancias, a pesar de lo ya sabido. Simplemente no tendría la fortaleza necesaria para pensar en el hecho de que mi hijo, el que haya concebido por amor, haya muerto sin poder ayudarle más de lo que ya haya hecho.

En los zapatos de sus amigos. ¿Qué haría yo si perdiera a mi mejor amigo? ¿A Julieta, a Pau, a Umberto, a cualquiera de ellos? Son quienes me ayudan a bajar de mi nube o quienes me han levantado cuando ni siquiera los demás se han dado cuenta que me he caído.

¿Y si tuviera que enterrar mañana a mi única hermana?

Sé que algún día así sucederá. Se que, eventualmente, todos moriremos, sin embargo, aún es demasiado pronto para cualquiera de nosotros.

Me he puesto a pensar que quizá Dios tiene una misión para todos y cada uno de nosotros. Quizá aquellos que se van antes que nosotros es porque ya cumplieron con lo que el Señor de allá arriba les encomendó. Tal vez terminaron sus asuntos pendientes en esta vida y están listos para comenzar la siguiente.

La verdad, es que no sé por qué la gente joven y más querida se nos va de las manos como el agua se escurre entre nuestros dedos, pero duele, y mucho. Y no es necesario conocerlos personalmente o más de cerca para que el amor que le tenían te llegue y te pegue a ti también.

Tal vez papá tenga razón al decir que los jóvenes se nos van pronto porque eran enviados especiales de Dios y mueren porque Él decide llamarlos de nuevo. Quizá Damián lo era. Quien sabe, jamás podré averiguarlo.

Para la gente que lo quería, que lo admiraba, lo siento muchísimo. Lo siento por no haberlo conocido más y poder hablar con ustedes sobre alguna anécdota, además de cuando lo veía entrenar. Lo siento por no saber nada sobre él, por no haberle hablado más de lo estrictamente necesario para así entablar una conversación que llegara a otra y a otra y así sucesivamente.

Pero más lo siento aún, porque se les fue un amigo, un compañero, un hermano que algún día volverán a ver, pero que por ahora, simplemente hablarán con su recuerdo, que aún sigue con ustedes, hasta que puedan encontrarlo de nuevo.

Quizá se esté riendo de todos nosotros por andar llorando su partida, quien sabe.



Kar.

martes, 11 de mayo de 2010

Capítulo Primero

Diciembre 1941.

Mamá decía que esto era como el infierno. Yo no sabía lo que era el infierno. Era muy pequeña para saberlo o para tener una noción de lo que significaba la palabra. Sin embargo, yo sabía que el infierno tenía que ser algo malo y seguramente habríamos hecho algo muy malo para que estuviéramos en ese tren. Deborah, mi madre, nunca me dijo el por qué nos habían sacado a la fuerza de casa esa noche fría y neblinosa. Simplemente…

Recuerdo haber estado soñando con abrir mi propia panadería cuando tuviera los ahorros necesarios para poder hacerlo. Incluso podía saborear el olor de la levadura cocinándose en el horno que teníamos en la panadería, sintiendo el calor que emanaba el fuego a nuestras heladas y níveas manos.

Miraba los ojos azules de mamá y le enrollaba un dedo en el rubio cabello diciéndole que ese había sido nuestro sueño más grande y finalmente lo habíamos podido lograr y que papá seguramente estaría orgulloso de nosotras dos.

Y fue entonces que escuché ladridos de un perro que en definitiva, no era nuestro. Mamá era alérgica a esas bestias –en sus palabras—y jamás podríamos tener uno. Para mi desgracia, adoraba a esas bestias que tanto malestar le traían a mamá.

Me tapé los oídos con la almohada. ¡Yo quería seguir soñando! Pero un hombre desconocido me tomó del cabello y me levantó a la fuerza. Me atemoricé. Nunca nadie me había tratado así. Ni siquiera papá cuando tiré la mesa del rompecabezas que recién había terminado de armar.

Lloré y observé como trataba de la misma forma a mi madre. Las lágrimas de enojo recorrieron mis mejillas rosadas y redondas mientras apretaba los pequeños puños regordetes, esperando el momento en que bajaran esas pistolas –que seguramente hacían mucho daño, lo vi en televisión alguna vez—y podérmeles ir encima para defender a mi madre. Era en momentos como ese que deseaba que mi padre estuviera con nosotras. O que al menos me hubieran dado un hermano mayor para que nos cuidara mejor de lo que yo podría cuidar a mamá.

No me gustaba como me trataban. Esos hombres de uniformes eran malos y maleducados. Gritaban palabrotas en un idioma que yo desconocía pero supuse que sería Alemán, porque parecían estar ladrando, y me pregunté qué era lo que hacían esos uniformados en mi Cracovia.

Fruncí el entrecejo y mi madre me dio un golpecito en la mano mientras terminaba de hacer mi valija para el viaje repentino para el que ahora nos preparábamos. Y que si me preguntan, no tenía ganas de ejecutar. En absoluto.

“No les mires, Krysia”—mamá negó con la cabeza y siguió doblando las blusas y camisetas. Incluso logré percibir la esquina de uno de los pañuelos de mi padre escondidos entre un par de suéteres color marrón.

Escuché la voz del uniformado. Nos gritaba y la verdad no entendí muy bien lo que nos quería decir, hasta que con gestos y movimientos atropellados nos dio a entender que nos apresuráramos. Negué con la cabeza y sin poderlo evitar, le saqué la lengua de forma desafiante, enfadada.

“¡Krysia!”

Gritó mi madre antes de darme un bofetón que me quedaría marcado durante unos minutos en el rostro, pero para siempre en la memoria.

Ya fuera, un copo de nieve cayó sobre la punta de mi nariz. Lo observé mientras se iluminaba con la poca luz que alumbraba las calles de mi ciudad. El invierno de 1941 había sido de los más fríos de Cracovia, y sin duda alguna, el más peligroso.

El único y diminuto copo se había disuelto, enfriando y enrojeciendo mi pecosa nariz. De reojo miré a los demás niños. Asustados, temerosos, incluso más desafiantes de lo que yo había sido. Quizá todos los que miraban a mi madre subir a la vagoneta se preguntaban exactamente lo mismo que yo mientras subía mi valija y uno de los ancianos me sostenía la blanca manita regordeta para subir sin caerme: ¿a dónde íbamos?

Por un momento cruzó por mi mente el pensamiento que nos llevarían a otro lugar menos frío. A un lugar con más cosas que disfrutar que la nieve en invierno y el sol poco permanente en primavera y verano. Quizá querían que los niños tuviéramos un lugar con mejores cosas que esas y que pudiéramos crecer. Quizá Italia, o Alemania. Siempre quise ir a Italia.

Quizá simplemente eran las ilusiones o inocencias de una niña de ocho años, o lo que mamá nunca quiso desmentir. Ella me dejaba vivir en mi utopía. En el mundo en que al principio, esa vagoneta nos llevaría a Italia para comer pasta hasta reventar.

Abrí los ojos y era de noche aún, pero podían observarse los vestigios de sol que comenzaban a entrar por la ventana… o más bien por el agujero del vagón, que estaba cubierto por tablones de madera, donde estábamos mamá y yo. No me di cuenta cuando me habían cubierto con una delgada manta color canela ni cuando me habían cambiado los calcetines por unos más gruesos.

A veces mamá decía que me durmiera. Quizá así ella creía que yo no me percataba de ciertas cosas que sucedían, no solo en el tren, sino en todas las ocasiones en que mi madre me había hecho ir a dormir durante horas mientras ella trabajaba por las noches.

Incluso papá tenía la mala costumbre de acostarme temprano cuando quería hacer algo con mamá que no fuera específicamente en horario para niños, como él solía decir cuando quería hacerle el amor a mi madre.

Siempre me pregunté qué era lo que mamá haría durante aquellas noches. Y hay veces en las que me digo a mi misma que no quiero saberlo en realidad.

El vagón se detuvo de forma precipitada, haciendo a la mayoría de los pasajeros tambalearse, e incluso caerse sobre otras personas más. Mamá, apresurada, se acercó a una ranura para ver si lograba encontrar conocido a donde fuera que nos estuviéramos acercando.

“Krysia, levántate.. rápido..”—me apresuró a levantarme. Enarqué una ceja, un tanto confundida. ¿Por qué todos comenzaron a ponerse en pie y a sostener sus pertenencias entre sus brazos? ¿Nos íbamos ya?

“¿Ya llegamos, madre?”—pregunté con un hilillo de voz, casi susurrándole, como si tuviéramos que guardar silencio como en la escuela.

Negó con la cabeza y dijo que no lo sabía. Pero que tenía que ponerme de pie y esconder mi osito entre la ropa que llevaba puesta si quería verlo de nuevo. Que sostuviera fuertes mis cosas y no las dejara caer.

No sabía en realidad que era lo que sucedía, porque no me decían nada. Simplemente me limité a ponerme en pie, tambaleándome y escondiendo al mismo tiempo mi osito de peluche entre mi vientre y la blusa que llevaba puesta, cerrándome el suéter para que escondiera el bulto de mi estómago. Tomé la valija y la sostuve con fuerza, como mamá me había dicho, con ambas manitas, que ahora sentía extremadamente frías.

Pero tuve que volver a sentarme. Esta vez sobre una pila de madera donde podría estar más arriba que todos los demás, y según mamá, no correría el riesgo de que me pisaran cuando todos bajáramos del tren.

No sabía cuánto tiempo llevábamos en ese vagón, pero yo tenía hambre. La poca comida que mamá había llevado dentro de la maleta, comenzaba a terminarse. Y mucha gente clamaba por algo de beber.

Cinco noches. Fue lo que había escuchado decir a mi madre antes de caer dormida de nuevo. Cinco noches.

La vagoneta no nos había llevado a Italia. Pero nos llevaba a un tren. Quizá ese tren nos llevaría al lugar a donde yo quería llegar. A un lugar donde pudiera comer todo lo que quisiera sin que nadie me dijera nada. Aunque en realidad no entendía por qué todos los hombres uniformados y maleducados inspeccionaban nuestro equipaje.

Ladeé la cabeza y miré detenidamente a uno de ellos, no al que nos había sacado de nuestras camas, no. Era alguien mucho más joven, con un aspecto de no querer hacer lo que estaba haciendo. Mirándonos a todos nosotros como si algo malo fuera a suceder. Lo miré a los ojos sin miedo y quizá él se intimidó porque dio media vuelta y se fue, después de dirigirme una mirada de susto y quizá, arrepentimiento.

Solo nos permitían llevar una maleta de equipaje a cada uno, y si no fuera porque sostuve con fuerza a Oz, mi oso de peluche, quizá me lo hubieran arrebatado.

Respiré hondo cuando me tomaron por la fuerza del brazo. Me había dolido, me había hecho derramar un par de lágrimas, las mismas que me sequé con violencia con el dorso de la mano derecha, al mismo tiempo que miraba con desprecio al soldado que me había arrebatado la mitad de mis pertenencias.

Fue en el momento en que nos subieron al tren en que me di cuenta de que no iríamos a Italia a comer pizza y pasta hasta reventar. Y, a pesar de que yo era una niña de a penas ocho años, sabía, muy dentro de mi corazón, que no sería un viaje corto ni sencillo.

El mal olor que emanaba en el ambiente me había despertado. Y en ese momento, yo no podía distinguir el hedor que había. De dónde provenía. Yo no sabía lo que significaba la frase “cadáver en descomposición”. No sabía qué era un cadáver siquiera. Y no sabía si era mi imaginación, pero había menos gente en mi vagón de la que yo recordaba antes de haberme quedado dormida.

“¿Y todos los demás, mamá?”—pregunté, tallándome mis ojos color azul grisáceo con mis puños cerrados.

“Se han ido. Duerme otra vez.”

“Ya me cansé de dormir, tengo hambre. Quiero comer.”

“No hay comida. Duérmete. Pronto llegaremos.”

“¡Que no!”—le espeté de forma grosera. Estaba cansada de que no me dijera que era lo que sucedía. Yo estaba consciente de que era una niña pequeña, pero mi madre también sabía que yo podía entender cualquier cosa. Quizá solo necesitaba decírmelo. –“¿A dónde vamos?”

No respondió. Simplemente se limitó a mirar por entre los tablones, sentada en la esquina junto a mi que había tomado la noche anterior y taparse los oídos cuando comenzaron los lamentos de un par de mujeres en la esquina contraria que, sinceramente, me asustaron un poco. Respiré hondo y me crucé de brazos, mirando a todos los demás. ¿Cómo podían dormir tanto con ese olor tan horrible? Con la incertidumbre de no saber a donde nos dirigíamos, a dónde nos llevarían, y a dónde se habían ido todos los que faltaban.

Tenía hambre y mi estómago sonaba. Oz también tenía hambre, estaba segura. También mi madre. La miré enfadada, con los ojos entrecerrados. ¿Por qué no quería decirme nada? ¿Por qué, desde el día en que nos sacaron de casa, se comportaba de forma extraña conmigo, como si estuviera enojada por algo que hubiera hecho sin darme cuenta?

Extrañaba a papá.

miércoles, 28 de abril de 2010

Sin título...

Esta es una novela que estoy haciendo sobre el holocausto judío. A penas tengo escrito el prólogo y no tengo un título; y sinceramente no sé cuanto tiempo vaya a tardar en continuarla, pero espero que sea pronto.

Espero que disfruten y me dejen sus comentarios para ver qué les pareció.

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PRÓLOGO

El hedor que se aspiraba en aquél pequeño y frío cuarto de cuatro paredes de concreto era suficiente como para despertar a cualquiera de sus sueños... si es que aún soñaban.

El olor a orines concentrados en la tela de los pantalones que les habían entregado el día en que llegaron al campo era tan fuerte que hacía querer desprenderse de aquella única prenda que les daba un poco de calor durante el día, pero..¿para qué hacerlo? Morirían de todas formas.

Era horrible como la única manera de conseguir un poco de calor en las frías noches de Polonia era juntándose los unos a los otros y orinándose encima, para así poder sobrevivir una noche más... para que al día siguiente, pudieran ver la luz del sol posiblemente por última vez.

Los leves latidos de sus corazones indicaban a los demás que aún estaban con vida; vida que seguramente más adelante se les arrebataría. Esos pequeños latidos eran los que a los más jóvenes les daba algo más de esperanza, aunque fuera una extremadamente pequeña señal de esperanza. Les gustaba pensar que la vida les daría una oportunidad, y saldrían de ahí cuando los soldados de la SS se cansaran de ellos... o quien sabe... podrían tan solo rogar que se les liquidara de una buena vez para así no ver morir a sus allegados.

Rezaban a escondidas de los alemanes... rezaban para que se les diera una mínima oportunidad de salir de ese lugar para poder conseguir aunque fuera una simple hogaza de pan, o una papa llena de raíces, un rábano.. o simplemente agua. Una mínima oportunidad de poder respirar el aire que se podría respirar en la libertad, aun siendo esclavos.

Las úlceras que se les formaban en la boca se reproducían cada vez más. Eran como un cáncer con metástasis, amenazante a ocupar todo ese pequeño terreno que tan vital era.. agujerándola, haciéndolos ver deformes.

Los gases que se despedían de los cadáveres en los cuartos ya eran olores normales que se respiraban en ese campo, en las pequeñas habitaciones que albergaban escasamente a más de cien presos desnutridos, abusados física, mental y sexualmente.

Un suicidio posiblemente sería la mejor manera de librarse de aquél castigo impuesto por alguien que seguramente no era su dios, sino por alguien sin escrúpulos al que no le importase matar por matar, matar porque se encuentran aburridos, o flagelarlos y hacerles contar los golpes que les propiciaban para celebrar el Año Nuevo o la Navidad, o simplemente un día que decidieron descargar el cartucho de municiones, aunque esas municiones les mermaran sus utilidades.

Todo ese espectáculo, para los soldados podría parecer como un circo, pidiéndoles, o más bien ordenándoles a los judíos bailar, a hacer alguna gracia que ni siquiera sabían que tenían para que los divirtieran, para que su tedioso y aburrido día fuera divertido. Un circo en el que los payasos eran los prisioneros y el público los nazis, pero para los judíos era el mismísimo infierno, tal vez peor que eso.

Probablemente el infierno no se comparaba en absoluto con aquello....

lunes, 1 de marzo de 2010

Tutorial: Blend Ashley Tisdale

Aprenderemos a hacer este blend:


RECURSOS:

Como siempre, no doy fotos para que ustedes experimenten, pero procuren que tenga el fondo blanco y que sea de buena calidad para que puedan manipularla al gusto.
ROCEDIMIENTO:

1. Creamos un documento 500x500 píxeles con fondo blanco.

2. Ponemos nuestras imágenes o imagen que vayamos a usar.

3. Duplicamos la base 2 veces. La primera la ponemos a modo trama al 50% de opacidad y la segunda a Modo Luz Suave al 50% de opacidad. Esta puede variar. Si sus fotos quedan MUY brillantes, bájenle el porcentaje del relleno y disminuyan la opacidad. Esto se aplica a cualquiera de las dos capas. Acoplamos capas y enfocamos una vez.

4. Creamos una nueva capa transparente y la rellenamos de color # FDE902. La ponemos a modo luz suave al 50% de opacidad.

5. Creamos una nueva capa de Corrección selectiva y ponemos los siguientes valores:

a. ROJOS: -100/0/+100/+100
b. AMARILLOS: -7/-25/0/0
c. NEUTROS: +100/-25/-80

6. Creamos una nueva capa de corrección selectiva y ponemos los siguientes valores:

a. ROJOS: -100/0/+100/+100
b. AMARILLOS: 0/0/-70/0
c. BLANCOS: 0/-40/-96/0
d. NEUTROS: +14/-5/-20/-11
e. NEGROS: 0/0/0/+45
7. Creamos una nueva capa de Tono/Saturación y subimos la saturación a +35

8. Creamos una nueva capa de Brillo y Contraste y subimos el contraste a +20

9. Ponemos la textura 1 a modo Normal al 100% y con MUCHO cuidado y precisión, borramos lo que nos estorbe, o sea, lo que tape nuestra foto.

10. Creamos una nueva capa transparente y la rellenamos de color # 0B1F31 y la ponemos a modo Exclusión al 50% de opacidad.

11. Con la textura 2, yo la invertí (ctrl. + I) y se hizo gris. Como no era del tamaño, la dupliqué y la uní (hagan esto sin ponerla de ningún modo de fusión para que no se vea sobrepuesto) o simplemente pueden redimensionarla si así lo desean. La puse en modo Multiplicar al 100% de opacidad y borré lo que estaba en su cara y un poco de la bola de Disco con un borrador al 50% de opacidad. Enfoqué la textura una vez.

2. La textura 3 la hice pequeña y la puse sobre el blend a modo Oscurecer al 100% de opacidad.

13. Tomamos la textura 4 y la ponemos a modo aclarar al 100% donde más nos guste. Pueden redimensionarla si les queda muy grande.

14. Tomamos la textura 5 y la ponemos a modo Multiplicar al 100% y la acomodamos donde más nos guste. Enfocamos la textura una vez.

15. Ponemos el apellido de la cantante. Yo utilicé letra Palatino en 36 con 100 puntos de separación en un tono como cremita (# FBFAEB). Le puse una sombra paralela (pueden encontrarla en la esquina de su paleta de capas. Es una F cursiva) y le dan la predeterminada.

16. Tomamos el Moñito verde y lo ponemos en nuestro blend. Si requiere, lo redimensionamos (yo achiqué el mío lo suficiente). Lo enfocamos y le ponemos una sombra paralela predeterminada.

17. Repetimos el paso 15 pero ahora escribimos el apellido de la cantante.

18. Creamos una capa transparente y aplicamos los comandos Ctrl+Alt+SHIFT+E. A esa capa le aplicamos un desenfoque radial de 30. Le damos aceptar y enfocamos una vez. Con un borrador de diámetro entre 300 y 400 borramos lo que nos sobre.

19. Duplicamos esa capa y volvemos a borrar lo que nos sobre.

20. Aplicamos la textura 6 a modo Aclarar al 100%

21. Acoplamos y hemos terminado.

Recuerden que me encanta ver lo que han logrado. Y si tienen alguna duda, por favor, pregunten.

domingo, 28 de febrero de 2010

Tutorial: Banner Hilary Duff

Haremos esto:


RECURSOS:
(Textura 1 y Stocks por Downgirl@DeviantART)

1. Creamos un nuevo documento de 500x400 píxeles y ponemos la textura 1 como más nos guste.

2. Colocamos las imágenes. Las mías como eran con fondo blanco, las puse a modo Oscurecer y borré lo que no quería de la textura de abajo. Ustedes pueden recortarlas y simplemente ponerlas. Como se les haga más sencillo. Para que se vieran mejores, yo dupliqué dos veces cada imagen, puse una de esas capas a modo luz suave al 50% de opacidad y la otra a modo Trama al 50% de opacidad.) Enfocamos una vez cada imagen.

COLORIZACIÓN DE LA IMAGEN:

Vamos a usar el Coloring que puso Shad en su Tutorial de Megan Fox que es de Chibilina:

1. Creamos una nueva capa transparenet y la rellenamos del color #DFEDF7 y la ponemos a modo subexponer color al 100% de opacidad.

2. Creamos una nueva capa transparente de color #FBD8D5 y lo ponemos al 100% de opacidad con 39% de Relleno.

3. Creamos una nueva capa de Corrección Selectiva con los siguientes valores:

a. ROJOS: -100/+7/+15/+10
b. NEUTROS: -20/-20/-20/0

4. Creamos otra capa nueva de Corrección Selectiva y ponemos los siguientes valores:

a. ROJOS: -100/0/+63/0
b. CIANES: +100/-100/-100/0
c. AZULES: +100/0/0/0
d. BLANCOS: -20/0/0/0
e. NEUTROS: +20/-16/-30/0

5. Creamos una capa nueva de Tono/Saturación y subimos la saturación unos 20 puntos.

6. Creamos una nueva capa transparente y la rellenamos de color #F17CD1 y la ponemos a modo Luz Suave al 50% de opacidad.

7. Creamos una nueva capa transparente y la rellenamos de color #5BADFB y la ponemos a modo Luz Suave al 54% de opacidad.

8. Creamos una nueva capa transparente y la rellenamos de color #71CE97 y la ponemos a modo Luz Suave al 40% de opacidad.

9. Creamos una nueva capa transparente y la rellenamos de color #AAE4F5 y la ponemos a modo Subexponer Color al 50% de opacidad.

10. Creamos una nueva capa transparente y la rellenamos de color #0A0A1B y la ponemos a modo Exclusión al 50% de opacidad.

11. Creamos una nueva capa transparente y la rellenamos de color #F0D286B y la ponemos a modo Multiplicar al 50% de opacidad.
Demás “embellecimientos”:

1. Ponemos el stock 1 (lo redimensionamos primeramente y le ajustamos la saturación para que se vea rojito) y lo acomodamos donde más nos guste. Le ponemos una sombra paralela (la que viene predeterminada) y le damos aceptar.

2. Ponemos el listón (lo redimensionamos primero) y lo acomodamos donde más nos guste. Le ponemos la misma sombra paralela que al stock de texto y le damos Aceptar.

3. El Texto es en letra “Palatino” en 36, color blanco en mayúsculas grandes y pequeñas (esa la pueden poner en la opción de texto que viene una T grande y una T pequeña). LE ponemos la misma sombra paralela que al moño y al texto.

4. Ponemos la textura 2 a modo aclarar y la duplican, redimensionan, lo que ustedes quieran, al gusto.

5. Creamos una nueva capa transparente y la rellenamos de color #0C323D y la ponemos a modo Exclusión al 50% de opacidad.

6. Creamos una nueva capa transparente y aplicamos lo siguiente: Ctrl (cmd o manzanita en Mac)+ Alt + Shift * E. Esa capa que ahora es nuestro blend, le vamos a aplicar un desenfoque Radial de cantidad 30. Enfocamos una vez. Borramos (con un borrador, de orilla difuminada ,de diámetro más o menos de 250-300 píxeles) lo que nos sobre y no queramos ahí.

7. Duplicamos esa capa y borramos lo que nos sobre.

8. Acoplamos y listo.



Espero que les haya gustado y servido. No olviden poner sus resultados y preguntar si tienen alguna duda. Nos vemos en el siguiente n_n

domingo, 21 de febrero de 2010

Tutorial: Blend Kate Winslet

Les enseñaré a hacer este blend:

RECURSOS:
No doy fotos para que ustedes experimenten y saquen sus propios resultados
TRATAMIENTO DE IMÁGENES:
1. Abrimos un documento transparente de 600X400
2. Acomodamos las fotos como mejor nos guste. Duplicamos capa y la ponemos a modo luz suave al 50% de opacidad y 50% de relleno; duplicamos de nuevo, esa capa la ponemos a modo trama al 50% de opacidad y 50% de relleno.

3. Creamos una capa nueva transparente de color #fee403 y la ponemos a modo luz suave al 50% de opacidad.
4. Nos vamos a Menú//Capa//Nueva capa de ajuste//Corrección selectiva y ponemos los siguientes valores:
a. ROJOS: -100/0/+100/+100
b. AMARILLOS: -7/-25/0/0
c. NEUTROS: +63/-25/-80/0
5. Creamos una nueva capa de corrección selectiva con los siguientes valores:
a. ROJOS: -97/0/+70/+70
b. AMARILLOS: /0/0/-50/0
c. NEUTROS: -15/-31/-16/0
d. NEGROS: 0/0/0/+30

6. Nos vamos a Menú//Capa//Nueva capa de ajuste//Tono Saturación y subimos la saturación a +25. Ponemos esa capa al 80% de opacidad.

7. Creamos una nueva capa de corrección selectiva con los siguientes valores:
a. ROJOS: -50/0/+13/+12
b. AMARILLOS: 0/0/-50/0
c. Ponemos la capa a 50% de Opacidad y 50% de Relleno.

8. Nos vamos a Menú//Capa//Nueva capa de ajuste//Equilibrio de Color y ponemos los siguientes valores:
a. SOMBRAS: -17/-1/-22
b. MEDIOS TONOS: +25/-2/+9

9. Nos vamos a Menú//Capa//Nueva capa de ajuste//Brillo y Contraste y aumentamos el contraste a +24
10. Creamos una nueva capa transparente y la rellenamos del color #041D34 y la ponemos a modo exclusión al 50%.

11. Acoplamos y enfocamos una vez.
Bueno ya tenemos el color de nuestro blend. Ahora vamos a pasar a “embellecerlo” para terminarlo n_n

CREACIÓN DEL BLEND:

1. Tomamos la textura 1 y la ponemos a modo Aclarar al 50% de opacidad. Borramos lo que no nos guste, como la parte del rostro y cuerpo de Kate.

2. Tomamos la textura 2 y le vamos a recortar TODO lo gris
 para quedarnos SOLAMENTE con la parte de los colores del medio. Una vez recortada, la ponemos donde más nos guste. La ponemos a modo Normal al 100% y borramos lo que nos sobre: como ene l rostro de Kate y parte de su gabardina.

3. Duplicamos la textura de colores y la ponemos a modo Luz Suave al 100% de opacidad.
4. Tomamos la textura 3 y la ponemos a modo Multiplicar al 100%. Pueden redimensionarla si les queda muy grande. 
5. Tomamos la textura 4 y la ponemos a modo trama al 50% de opacidad. Duplicamos esa capa y la ponemos a modo Aclarar al 100% de opacidad.
6. Redimensionamos y ponemos el brush donde queramos a modo multiplicar.
7. Ahora el texto. Yo utilicé la letra “Three days, one night” que pueden encontrar en Dafont.com, y si no la encuentran o no quieren buscarla, pueden usar cualquiera de las que vienen predeterminadas en el PS, siempre y cuando las pongan en mayúsculas. Ponemos el texto en color negro.
8. Creamos una nueva capa transparente y vamos a aplicar todas las capas haciendo lo siguiente: Ctrl (en mac es manzanita o cmd)+Alt+Shift+E. De esta forma tendrán todo el blend hasta arriba sin necesidad de acoplar todas las capas.

9. Nos vamos a Menú//Filtro//Desenfocar//Desenfoque Radial. Ponemos en Cantidad: 30 en Método: Giro. Damos Aceptar.
10. Con un borrador de orillas difuminadas y de un diámetro de más o menos 250-350 píxeles, vamos a borrar lo que no nos guste y que a nuestro parecer sobra.
11. Duplicamos esa capa y borramos lo que sobre.

12. Acoplamos.

Y han terminado. Como podrán ver no es muy complicado pero el resultado es bastante bonito.

Espero que les haya servido y gustado, no olviden poner sus resultados para verlos y si tienen alguna duda, pregúntenme para podérselas resolver n_n