viernes, 23 de julio de 2010

Capítulo Segundo

Enero de 1942

Esos números tatuados con fuerza y en contra de mi voluntad en mi antebrazo derecho me habían dolido demasiado. Tanto, que aún ahora me duelen. Me hacen recordar no solo el día en que llegamos a Buchenwald, sino también lo que habíamos pasado en el vagón del tren durante esas siete noches.

¿Qué habría sido de las personas que habían desaparecido en el vagón? ¿De dónde provenía ese terrible olor que inundaba el reducido espacio donde todos estábamos muriendo de hambre?

Los vagones eran los ataúdes de las personas que habían muerto por inanición o deshidratación. El olor que inundaba el pequeño vagón, eran los gases que emitían los cadáveres apilados en el fondo, cubiertos con paja y ropa en mal estado.

Mamá me había prohibido ir a mirar qué era lo que había debajo de toda esa capa de ropa sucia y maloliente. No quería que me topara con toda esa montaña de cuerpos sin vida que ni siquiera se comparaba con las montañas de cadáveres en los campos de concentración.

El día que llegamos a Buchenwald, nos separaron a hombres y mujeres, niños y niñas y de muy mala forma, nos quitaron nuestras maletas y nos entregaron un saco de tela que contenía trapos sucios. O al menos eso era lo que yo creía.

Lo único que me dejaron conservar fue la ropa que llevaba puesta, y, como no se dieron cuenta que tenía a Oz escondido entre mi vestido, pude conservarlo.

Dentro del saco, había trapos sucios que, después de sacarlos, me di cuenta que era un tipo de uniforme que vi a otras personas usar mientras movían piedras en una carretilla de un lado al otro. Era muy feo y olía mal, además de que estaba mucho muy sucio. ¿Quién habría utilizado ese uniforme que no lo había lavado? Fruncí la nariz y miré a mamá con desaprobación en los ojos. Por ningún motivo iba a ponerme eso.

Pero ella me obligó. El número que estaba bordado en un papel fue el número que tuve que memorizar, fue el número que los alemanes tatuaron en mi piel. Krysia había dejado de ser mi nombre; ahora era simplemente 33546. Así era conocida ante los soldados que levantaban las mangas de mi suéter para saber quien demonios era.

Me había dolido hasta el alma. Pero no podía gritar y tampoco podía llorar. Mamá me lo había pedido y había llegado a la conclusión, después de ver como uno de esos soldados de la S.S. mataba una fila de ancianos como si jugara al tiro al blanco, solo porque eran demasiado viejos para hacer lo que les pedían que hicieran, de que aquello era un asunto muy serio. A pesar de tener la edad que tenía, sabía, muy dentro de mi, que si hacía lo que ellos me pedían, sobreviviría, pero si les desobedecía…. No quería dejar sola a mamá.

Un par de lágrimas me recorrieron la mejilla izquierda, y otro par más cayeron sobre mi antebrazo recién tatuado. Mi madre estaba llorando. Ella también había sido tatuada, pero le había dolido más el observar como sus manos habían dejado marcas en mi blanco brazo, por tratar de evitar que me moviera y todo se fuera a la mierda.

“¿Mamá? ¿Por qué estamos aquí?”—pregunté a mi madre mientras observaba el cuarto donde nos habían enviado.

“Por que hemos tenido mala suerte, cielo”—respondió ella con un dejo de tristeza en la mirada, cruzándose de brazos, acariciando la parte interior de su antebrazo, limpiando las gotas de sangre que temían rato saliendo.

“¿Mala suerte? ¿Pero sobre qué?”

Pero mi madre no me respondió. Simplemente miró el pequeño haz de luz de luna que se colaba por la tela que cubría la ventana y guardó silencio por un rato, sin siquiera mirarme. En realidad no sabía que era lo que pasaba por su mente, y no sabía si quería saberlo.

Abrí la puerta del mugroso cuarto por unos cuantos minutos y levanté la cabeza y vi el bosque de alambrada de púas que había frente a mi, dirigí la mirada a los centellantes reflectores, alumbrando el camino terregoso frente a mis pies. Iluminando el camino por si alguien quería escapar.

“¡Krysia! ¡Cierra esa puerta!”—gritó mi madre mientras me apartaba de un porrazo de la puerta metálica y la cerraba de un sonoro golpe. Me Sostuvo por los brazos entre sus manos y me agitó con fuerza, con el rostro desencajado—“¿Qué es lo que pasa por tu cabeza? ¿Quieres que nos maten? O peor aún, ¿quieres que te maten a ti?”

La miré con horror. Por primera vez desde que salimos de mi Cracovia me había hablado directamente, mirándome a los ojos. Solo que no fue de la forma en que yo lo había esperado o lo hubiera querido. Volví a mirarla y sentí como los ojos comenzaban a nublárseme con las lágrimas que luchaban por salir mientras que mis ojos las mantenían cautivas. Negué con la cabeza y finalmente me abrazó con fuerza y se echó a llorar.

Tomé asiento y ella se puso de rodillas, tomando mis manos blancas y regordetas manitas entre las níveas y delgadas suyas. Me miró al rostro y me secó una lágrima que comenzaba a recorrer las mejillas pecosas y enredó uno de sus dedos en un rizo de mi rojizo cabello.

Ladeé un poco la cabeza y esperé a que hablara, y lo que me dijo, me hiela la sangre cada vez que lo recuerdo. Era como si ella hubiera sabido lo que iba a suceder, algo que nadie más sabía. “Tu tendrás que ser fuerte cuando yo muera, Krysia, tendrás que valerte por ti misma dentro de poco tiempo..”

En ese momento no comprendí de lo que estaba hablando, pero tiempo después, entendería a la perfección lo que había querido decir.

“No podría soportar perderte antes de tiempo, hija mía.”—me dijo después de un incómodo silencio, después de ver como las lámparas de los soldados apuntaban al cuarto y me tomó de la mano, para llevarme a una de las camas más cercanas, donde había colocado lo que nos habían dejado conservar de nuestras pertenencias. Ahí estaba Oz. Mamá me lo dio y yo lo abracé con fuerza—“Eres lo único que me queda..”

Me había quedado segundos después de que dijo eso y sinceramente no recordaba si me había dicho algo más. Pero por lo regular, mamá siempre se quedaba a mi lado cuando dormía unos minutos más, verificando que no tuviera pesadillas.

Pero aquella noche fue diferente.

Los gritos no me habían dejado dormir. Me di cuenta que mamá tampoco podía dormir, lo supe porque la había sentido levantarse de la cama en varias ocasiones. El frío era mucho como para soportarlo con una sola cobija, así que mamá me puso la suya y ella se mantuvo en constante movimiento para mantener su calor corporal.

“Mamá, ven a dormir.”

“No tengo sueño, aprovecha y duerme tu, cariño.”—respondió ella, con una leve sonrisa en el rostro.

Me encogí de hombros y volví a recostarme, abrazando con mucha fuerza a Oz, pero la verdad es que tampoco pude conciliar el sueño. El llanto de las niñas más pequeñas comenzaba a molestarme y los sollozos de las mujeres que gritaban por sus maridos me calaba los huesos.

No podía evitar que la piel se me erizara con tan solo recordar el llanto de aquellas mujeres, clamando por los suyos que estaban del otro lado. Me era inevitable pensar en lo que todos ellos sentían. Lo que sentían quienes estaban separados. No me imagino a mamá gritando para saber si papá estaba aún vivo.

Pero papá había muerto un par de años antes. Nunca se me había esclarecido el por qué había fallecido mi padre, sino hasta que estuve en uno de los campos de concentración por ahí del año de 1943. Y no quise creerlo, hasta unos meses después.

Esa fría mañana de invierno, nuestra primer mañana, nos habían levantado mucho antes que las cinco en punto de la mañana. Busqué a mamá con la mirada y la encontré dormida a mi lado, tan calmada como cuando papá vivía.

“Mamá, despierta, nos llevarán a desayunar”—ella abrió los ojos con pesadumbre y se levantó inmediatamente, como si fuera una opción que tuviera integrada en el cuerpo para hacerlo automáticamente.

Me sacudí el cabello enmarañado y pasé los dedos entre los rizos, intentando desenredarlo, pero fue en vano. Cada vez estaba más alborotado y no podría hacer nada. Resoplé y me puse en pie, escondiendo a Oz entre mis ropas y poniéndome ese horrible uniforme a rayas que me habían dado la noche anterior al llegar al lugar.

Negué con la cabeza y mamá me miró de forma desafiante. No me gustaba que me mirara de esa forma, no después de lo que me había dicho antes de ir a dormir.

Dos soldados entraron al cuarto y nos hicieron pararnos frente a nuestras camas, derechos, como si estuviéramos castigados. Levanté la cabeza, imitando a mamá y a las demás mujeres de su edad. Las otras niñas se escondían detrás de sus madres y sollozaban en silencio mientras el intérprete hablaba y gritaba ordenes a diestra y siniestra. Pero la menos iríamos a desayunar.

Si, desayunamos, pero no contaba con lo que conformaría la comida más importante del día. Miré la bandeja metálica abollada y luego miré a mi madre, quien al parecer miraba todo lo que había en su bandeja como si fuera un festín que había preparado en casa.

“Está frío..¿qué es?” –Enarqué una ceja y le di un tirón a la manga de mi madre para que volteara.

“Es comida, aprovéchala. A saber cuando podamos volver a comer.”

Negué con la cabeza pero tenía demasiada hambre como para decirle que no a algo de comer. Y lo hice, terminándomelo todo, a pesar de que sabía terriblemente mal, a pesar de que después de la segunda cucharada de la sopa de col fría comencé a sentir dolor de estómago. Pero tenía hambre. No podía desperdiciarlo, porque mamá tenía razón, no sabíamos cuándo volveríamos a comer.