lunes, 24 de mayo de 2010

Y si me pegó duro...

Es curioso cuando alguien se va y sientes aquella opresión en el pecho, como si algo faltara. El haber conocido poco o casi nada a alguien que se fue, no significa que no te afecte o que pase desapercibido, o que simplemente te sea indiferente.

El día 21 de Mayo falleció una persona que muchos adoraban, que muchos admiraban y que lamentablemente, yo no tuve la dicha o el placer de conocer lo suficiente como para dedicarle unas palabras como las que sus verdaderos amigos le dedicaron en su muro de Facebook.

Muchas cosas se quedaron pendientes; pláticas, consejos, peleas, derrotas y victorias quedaron en el aire, esperando a que algún día, en algún momento, puedan ser retomadas y, finalmente, llegar a una conclusión o declarar a alguien el ganador.

Yo no era su amiga, no, pero.. todos los demás si lo eran. Y eso es quizá lo que más me habrá afectado a mi. El no haberlo conocido lo suficiente como para llorarle por alguna razón cualquiera como todos los demás.

El ver a su novia destrozada me hizo pensar en lo que yo sentiría, lo que yo haría si José llegara a faltarme. Si llegara a irse de un momento a otro, cuando menos lo espere, cuando más lo necesite, dejándome “sola”.

En los zapatos de sus padres. Yo no tendría la fuerza de enterrar a mi hijo a pesar de las circunstancias, a pesar de lo ya sabido. Simplemente no tendría la fortaleza necesaria para pensar en el hecho de que mi hijo, el que haya concebido por amor, haya muerto sin poder ayudarle más de lo que ya haya hecho.

En los zapatos de sus amigos. ¿Qué haría yo si perdiera a mi mejor amigo? ¿A Julieta, a Pau, a Umberto, a cualquiera de ellos? Son quienes me ayudan a bajar de mi nube o quienes me han levantado cuando ni siquiera los demás se han dado cuenta que me he caído.

¿Y si tuviera que enterrar mañana a mi única hermana?

Sé que algún día así sucederá. Se que, eventualmente, todos moriremos, sin embargo, aún es demasiado pronto para cualquiera de nosotros.

Me he puesto a pensar que quizá Dios tiene una misión para todos y cada uno de nosotros. Quizá aquellos que se van antes que nosotros es porque ya cumplieron con lo que el Señor de allá arriba les encomendó. Tal vez terminaron sus asuntos pendientes en esta vida y están listos para comenzar la siguiente.

La verdad, es que no sé por qué la gente joven y más querida se nos va de las manos como el agua se escurre entre nuestros dedos, pero duele, y mucho. Y no es necesario conocerlos personalmente o más de cerca para que el amor que le tenían te llegue y te pegue a ti también.

Tal vez papá tenga razón al decir que los jóvenes se nos van pronto porque eran enviados especiales de Dios y mueren porque Él decide llamarlos de nuevo. Quizá Damián lo era. Quien sabe, jamás podré averiguarlo.

Para la gente que lo quería, que lo admiraba, lo siento muchísimo. Lo siento por no haberlo conocido más y poder hablar con ustedes sobre alguna anécdota, además de cuando lo veía entrenar. Lo siento por no saber nada sobre él, por no haberle hablado más de lo estrictamente necesario para así entablar una conversación que llegara a otra y a otra y así sucesivamente.

Pero más lo siento aún, porque se les fue un amigo, un compañero, un hermano que algún día volverán a ver, pero que por ahora, simplemente hablarán con su recuerdo, que aún sigue con ustedes, hasta que puedan encontrarlo de nuevo.

Quizá se esté riendo de todos nosotros por andar llorando su partida, quien sabe.



Kar.

martes, 11 de mayo de 2010

Capítulo Primero

Diciembre 1941.

Mamá decía que esto era como el infierno. Yo no sabía lo que era el infierno. Era muy pequeña para saberlo o para tener una noción de lo que significaba la palabra. Sin embargo, yo sabía que el infierno tenía que ser algo malo y seguramente habríamos hecho algo muy malo para que estuviéramos en ese tren. Deborah, mi madre, nunca me dijo el por qué nos habían sacado a la fuerza de casa esa noche fría y neblinosa. Simplemente…

Recuerdo haber estado soñando con abrir mi propia panadería cuando tuviera los ahorros necesarios para poder hacerlo. Incluso podía saborear el olor de la levadura cocinándose en el horno que teníamos en la panadería, sintiendo el calor que emanaba el fuego a nuestras heladas y níveas manos.

Miraba los ojos azules de mamá y le enrollaba un dedo en el rubio cabello diciéndole que ese había sido nuestro sueño más grande y finalmente lo habíamos podido lograr y que papá seguramente estaría orgulloso de nosotras dos.

Y fue entonces que escuché ladridos de un perro que en definitiva, no era nuestro. Mamá era alérgica a esas bestias –en sus palabras—y jamás podríamos tener uno. Para mi desgracia, adoraba a esas bestias que tanto malestar le traían a mamá.

Me tapé los oídos con la almohada. ¡Yo quería seguir soñando! Pero un hombre desconocido me tomó del cabello y me levantó a la fuerza. Me atemoricé. Nunca nadie me había tratado así. Ni siquiera papá cuando tiré la mesa del rompecabezas que recién había terminado de armar.

Lloré y observé como trataba de la misma forma a mi madre. Las lágrimas de enojo recorrieron mis mejillas rosadas y redondas mientras apretaba los pequeños puños regordetes, esperando el momento en que bajaran esas pistolas –que seguramente hacían mucho daño, lo vi en televisión alguna vez—y podérmeles ir encima para defender a mi madre. Era en momentos como ese que deseaba que mi padre estuviera con nosotras. O que al menos me hubieran dado un hermano mayor para que nos cuidara mejor de lo que yo podría cuidar a mamá.

No me gustaba como me trataban. Esos hombres de uniformes eran malos y maleducados. Gritaban palabrotas en un idioma que yo desconocía pero supuse que sería Alemán, porque parecían estar ladrando, y me pregunté qué era lo que hacían esos uniformados en mi Cracovia.

Fruncí el entrecejo y mi madre me dio un golpecito en la mano mientras terminaba de hacer mi valija para el viaje repentino para el que ahora nos preparábamos. Y que si me preguntan, no tenía ganas de ejecutar. En absoluto.

“No les mires, Krysia”—mamá negó con la cabeza y siguió doblando las blusas y camisetas. Incluso logré percibir la esquina de uno de los pañuelos de mi padre escondidos entre un par de suéteres color marrón.

Escuché la voz del uniformado. Nos gritaba y la verdad no entendí muy bien lo que nos quería decir, hasta que con gestos y movimientos atropellados nos dio a entender que nos apresuráramos. Negué con la cabeza y sin poderlo evitar, le saqué la lengua de forma desafiante, enfadada.

“¡Krysia!”

Gritó mi madre antes de darme un bofetón que me quedaría marcado durante unos minutos en el rostro, pero para siempre en la memoria.

Ya fuera, un copo de nieve cayó sobre la punta de mi nariz. Lo observé mientras se iluminaba con la poca luz que alumbraba las calles de mi ciudad. El invierno de 1941 había sido de los más fríos de Cracovia, y sin duda alguna, el más peligroso.

El único y diminuto copo se había disuelto, enfriando y enrojeciendo mi pecosa nariz. De reojo miré a los demás niños. Asustados, temerosos, incluso más desafiantes de lo que yo había sido. Quizá todos los que miraban a mi madre subir a la vagoneta se preguntaban exactamente lo mismo que yo mientras subía mi valija y uno de los ancianos me sostenía la blanca manita regordeta para subir sin caerme: ¿a dónde íbamos?

Por un momento cruzó por mi mente el pensamiento que nos llevarían a otro lugar menos frío. A un lugar con más cosas que disfrutar que la nieve en invierno y el sol poco permanente en primavera y verano. Quizá querían que los niños tuviéramos un lugar con mejores cosas que esas y que pudiéramos crecer. Quizá Italia, o Alemania. Siempre quise ir a Italia.

Quizá simplemente eran las ilusiones o inocencias de una niña de ocho años, o lo que mamá nunca quiso desmentir. Ella me dejaba vivir en mi utopía. En el mundo en que al principio, esa vagoneta nos llevaría a Italia para comer pasta hasta reventar.

Abrí los ojos y era de noche aún, pero podían observarse los vestigios de sol que comenzaban a entrar por la ventana… o más bien por el agujero del vagón, que estaba cubierto por tablones de madera, donde estábamos mamá y yo. No me di cuenta cuando me habían cubierto con una delgada manta color canela ni cuando me habían cambiado los calcetines por unos más gruesos.

A veces mamá decía que me durmiera. Quizá así ella creía que yo no me percataba de ciertas cosas que sucedían, no solo en el tren, sino en todas las ocasiones en que mi madre me había hecho ir a dormir durante horas mientras ella trabajaba por las noches.

Incluso papá tenía la mala costumbre de acostarme temprano cuando quería hacer algo con mamá que no fuera específicamente en horario para niños, como él solía decir cuando quería hacerle el amor a mi madre.

Siempre me pregunté qué era lo que mamá haría durante aquellas noches. Y hay veces en las que me digo a mi misma que no quiero saberlo en realidad.

El vagón se detuvo de forma precipitada, haciendo a la mayoría de los pasajeros tambalearse, e incluso caerse sobre otras personas más. Mamá, apresurada, se acercó a una ranura para ver si lograba encontrar conocido a donde fuera que nos estuviéramos acercando.

“Krysia, levántate.. rápido..”—me apresuró a levantarme. Enarqué una ceja, un tanto confundida. ¿Por qué todos comenzaron a ponerse en pie y a sostener sus pertenencias entre sus brazos? ¿Nos íbamos ya?

“¿Ya llegamos, madre?”—pregunté con un hilillo de voz, casi susurrándole, como si tuviéramos que guardar silencio como en la escuela.

Negó con la cabeza y dijo que no lo sabía. Pero que tenía que ponerme de pie y esconder mi osito entre la ropa que llevaba puesta si quería verlo de nuevo. Que sostuviera fuertes mis cosas y no las dejara caer.

No sabía en realidad que era lo que sucedía, porque no me decían nada. Simplemente me limité a ponerme en pie, tambaleándome y escondiendo al mismo tiempo mi osito de peluche entre mi vientre y la blusa que llevaba puesta, cerrándome el suéter para que escondiera el bulto de mi estómago. Tomé la valija y la sostuve con fuerza, como mamá me había dicho, con ambas manitas, que ahora sentía extremadamente frías.

Pero tuve que volver a sentarme. Esta vez sobre una pila de madera donde podría estar más arriba que todos los demás, y según mamá, no correría el riesgo de que me pisaran cuando todos bajáramos del tren.

No sabía cuánto tiempo llevábamos en ese vagón, pero yo tenía hambre. La poca comida que mamá había llevado dentro de la maleta, comenzaba a terminarse. Y mucha gente clamaba por algo de beber.

Cinco noches. Fue lo que había escuchado decir a mi madre antes de caer dormida de nuevo. Cinco noches.

La vagoneta no nos había llevado a Italia. Pero nos llevaba a un tren. Quizá ese tren nos llevaría al lugar a donde yo quería llegar. A un lugar donde pudiera comer todo lo que quisiera sin que nadie me dijera nada. Aunque en realidad no entendía por qué todos los hombres uniformados y maleducados inspeccionaban nuestro equipaje.

Ladeé la cabeza y miré detenidamente a uno de ellos, no al que nos había sacado de nuestras camas, no. Era alguien mucho más joven, con un aspecto de no querer hacer lo que estaba haciendo. Mirándonos a todos nosotros como si algo malo fuera a suceder. Lo miré a los ojos sin miedo y quizá él se intimidó porque dio media vuelta y se fue, después de dirigirme una mirada de susto y quizá, arrepentimiento.

Solo nos permitían llevar una maleta de equipaje a cada uno, y si no fuera porque sostuve con fuerza a Oz, mi oso de peluche, quizá me lo hubieran arrebatado.

Respiré hondo cuando me tomaron por la fuerza del brazo. Me había dolido, me había hecho derramar un par de lágrimas, las mismas que me sequé con violencia con el dorso de la mano derecha, al mismo tiempo que miraba con desprecio al soldado que me había arrebatado la mitad de mis pertenencias.

Fue en el momento en que nos subieron al tren en que me di cuenta de que no iríamos a Italia a comer pizza y pasta hasta reventar. Y, a pesar de que yo era una niña de a penas ocho años, sabía, muy dentro de mi corazón, que no sería un viaje corto ni sencillo.

El mal olor que emanaba en el ambiente me había despertado. Y en ese momento, yo no podía distinguir el hedor que había. De dónde provenía. Yo no sabía lo que significaba la frase “cadáver en descomposición”. No sabía qué era un cadáver siquiera. Y no sabía si era mi imaginación, pero había menos gente en mi vagón de la que yo recordaba antes de haberme quedado dormida.

“¿Y todos los demás, mamá?”—pregunté, tallándome mis ojos color azul grisáceo con mis puños cerrados.

“Se han ido. Duerme otra vez.”

“Ya me cansé de dormir, tengo hambre. Quiero comer.”

“No hay comida. Duérmete. Pronto llegaremos.”

“¡Que no!”—le espeté de forma grosera. Estaba cansada de que no me dijera que era lo que sucedía. Yo estaba consciente de que era una niña pequeña, pero mi madre también sabía que yo podía entender cualquier cosa. Quizá solo necesitaba decírmelo. –“¿A dónde vamos?”

No respondió. Simplemente se limitó a mirar por entre los tablones, sentada en la esquina junto a mi que había tomado la noche anterior y taparse los oídos cuando comenzaron los lamentos de un par de mujeres en la esquina contraria que, sinceramente, me asustaron un poco. Respiré hondo y me crucé de brazos, mirando a todos los demás. ¿Cómo podían dormir tanto con ese olor tan horrible? Con la incertidumbre de no saber a donde nos dirigíamos, a dónde nos llevarían, y a dónde se habían ido todos los que faltaban.

Tenía hambre y mi estómago sonaba. Oz también tenía hambre, estaba segura. También mi madre. La miré enfadada, con los ojos entrecerrados. ¿Por qué no quería decirme nada? ¿Por qué, desde el día en que nos sacaron de casa, se comportaba de forma extraña conmigo, como si estuviera enojada por algo que hubiera hecho sin darme cuenta?

Extrañaba a papá.