viernes, 15 de junio de 2012

Memorias: Romina


Nadie te dice como llevar tu vida. Tampoco te cuentan que crecer sin una madre es difícil. Incluso olvidan mencionarte que tu padre tiene derecho de tener otra mujer en su vida además de tu madre fallecida. ¿Cuándo se convierte aquél dúo dinámico en trío, o peor aún en cuarteto? Y no olvidemos los otros dos que se unieron a la imitación de la familia Von Trapp. Quizá uno nace con un instructivo de cómo lidiar con la vida misma, sin embargo, olvidaron empaquetar el mío.

Mi madre murió cuando yo nací. El karma debe estarme persiguiendo constantemente desde entonces, porque mi vida no es como debería de ser ¿O acaso así es como debe ser la vida de alguien como yo?

Es la primera vez que me pongo a pensar que si, a veces me siento culpable por la muerte de Charlotte, mi madre biológica. Porque a fin de cuentas, ella murió dándome a mi la vida. Porque ella murió por mi. Incluso siento que mi padre me ha culpado de cierta forma durante todos estos años. Aunque siendo sinceros, es pobre hombre es tan bueno y noble que sería incapaz de culparme por algo así. Me ama demasiado y quizá por mi renunció a muchas cosas en su vida desde muy joven.

Incluso a veces me pesa un poco saber que mi padre dejó a la mujer que amaba por mi culpa. Porque en cierto modo, así fue. Si Charlotte no hubiera estado embarazada, papá hubiera podido recuperar a la profesora Lucy. Y aún cuando murió mamá no lo hizo. Eso es algo que, de una u otra forma, jamás me perdonaré, porque se quedó a cuidarme.

Paprika es otra historia, siendo sincera, nunca creí que papá volvería a enamorarse y mucho menos que iba a casarse alguna vez. Paprika me parecía, en su momento, una mujercita adorable con cara de duendecillo, tan pelirroja como indica el nombre. Hasta que comenzó a salir con papá y comenzó a frecuentarnos más, hasta que de pronto, lucía un enorme y hermoso anillo de compromiso que mi padre le había dado en promesa de matrimonio. Mi abuela tampoco estaba muy contenta con la situación, pero claro, la abuela tenía sus razones que más tarde me contaría, con la familia de Paprika. Mas tarde comprendí que Tobías, padre de Paprika, y Frances, su madre, eran un par de odiosos revoltosos radicales creadores de una organización llamada KAU. Fueron responsables de muchas muertes y que solían escapar de la justicia, o sea, de mi abuela. Más tarde descubrí que no eran exageradamente odiosos.

Yo, obviamente, no estaba de acuerdo con la relación de papá con Paprika, contando que mi padre no tuvo al delicadeza de informarme que tendría una madrastra a la edad de quince años. Nunca me avisó que el duende de San Nicolás iba a casarse con él y vivir en casa no solo en Navidad. Quizá para mi padre era su esposa y la mujer que amaba, y para la abuela, era una nuera, pero para mi, era la mujer que me estaba robando a mi padre.

Ahora entiendo al ser mayor, que mi padre se había casado con ella por amor, y no solamente por amor a Paprika, sino por amor hacia mi también. Porque quería que yo tuviera una madre. Porque la abuela no era suficiente. Porque la abuela no era mi madre, y a pesar de que me quería, no era mi madre. Tampoco Paprika. A pesar de que al final llegué a quererla como si lo fuera, haciéndome tragar mis palabras y malos tratos para con ella. Era la segunda madre que había perdido.

Aún no sabía exactamente por qué papá volvía a enamorarse después de haber sufrido tanto. Yo no podría. No pude después de Niels. Había jurado no enamorarme nunca de él porque era el hermano de la esposa de mi padre. El pupilo que mi abuela siempre había deseado tener… el hombre con quien había deseado entregarme por primera vez.

Los cumpleaños deberían de ser fechas donde te diviertes con tus amigos y tu familia. Donde puedes hacer lo que te plazca, sin ser juzgada. No debería ser la fecha para decepciones amorosas… no podía engañarme. Yo no tenía, ni tengo, amigos. Había invitado mucha gente a mi cumpleaños, pero entre tanta gente, entre tantos regalos, no había una felicitación sincera, además de la de mi familia, de los presentes. Estaba entre tanta gente sintiéndome completamente sola. Excepto por él.

Sus ojos claros solo me miraban a mi entre toda la multitud. Sus palabras y pasos de baile fueron dedicadas solo para mi. Incluso sus labios fueron míos por un momento.

Odié haberme comportado como adolescente enamorada y haber caído tan fácil a sus caricias en apariencia sinceras, a sus besos que ardían como fuego en mi peil, que me quemaba con su tacto febril, que consumaba el deseo con la simple mirada  acerada clavada en la mía color turquesa.   

Me hirió al hacerme una promesa que no cumplió. Una promesa que me destrozó el alma y partió mi corazón de cristal en mil pedazos. Una promesa de amor falso que se desvaneció en el frío viento de Venecia, para desaparecer y nunca volver. Lloré como nunca lo había hecho en ese entonces, porque me hirió y siento que solamente me había utilizado para decir que había tenido entre sus brazos a una semiveela. Y las semiveelas también sentimos y lloramos cuando debemos llorar.

Fue por eso que le rogué a mi padre que nos fuéramos lejos, a Italia. No quería tener nada que me recordara a Niels y si eso significaba irnos y dejar todo, yo lo haría y correría el riesgo de empezar de cero de nuevo. La abuela  dijo que huía, y quizá tenía razón. Y lo más importante del asunto es que papá no puso ninguna objeción para irnos de Londres.

Pero no fue tan sencillo como lo había idealizado. Paprika me lo recordaba todo el tiempo. Con su sola presencia ha sido más complicado de lo que pensé sería olvidar un amor tan grande. No me lo recordaba a propósito, claro. Con su simple apellido y parecido bastaba. Exceptuando Gianluca, porque había perdido a su tío favorito y yo debía llevar la culpa, claro. Lastimosamente, si la llevaba.

A partir de ese momento, juré no volverme a enamorar y no volverle a dedicar mis pensamientos. Fue entonces que mi escape, por llamarlo de alguna manera, llegó. La epidemia comenzó a mermar las vidas italianas y nos obligó a los estudiantes a dejar las aulas y aprender de la vida diaria. Aprender a elegir de una vida sobre la otra.

No lograba entender como era tan fácil para mi padre realizar el [i]triage[/i]. Se que era importante para poder atender a la mayoría y a los que tuvieran mayores posibilidades de sobrevivir. Sin embargo a mi aún me resultaba difícil aún sin haberlo practicado. Y sabía, que por más duro que fuera, ese sería el día en que me convertiría en una sanadora de verdad. Justo como mi padre y mi abuelo Giancarlo.

No había tenido noticias de mi demás familia. No supe que había sucedido con mi tía Clarisse y su familia y tampoco con mis abuelos. Supongo que al enterarse de que entré a la misma Universidad que mi madre y no al internado de señorita que mi abuela quería, decidieron dejar de hablarme tan periódicamente hasta que se redujera a la nada. A veces los extrañaba y sabía que papá sentía alivio al no tener que mezclarse con ellos, pero le dolía que otra vez, la familia de mamá le haya dado la espalda a sangre de su sangre.

Me enfoqué al estudio lo más que pude. Investigaba y le pedía a mi padre que me enseñara mientras estábamos en el hospital con toda esa gente infectada. Todo era monótono y depresivo. Hasta que un muggle acabó con la monotonía y llegó contagiado del mismo virus que los magos.

Como era de esperarse, el secreto mágico terminó por abolirse. ¿qué más hacer cuando las mismas personas de las que nos escondíamos, fueron contagiados con la misma epidemia que nosotros y éramos los únicos que podíamos ayudarles?

Sin duda alguna no a muchos nos pareció una gran idea. En lo personal, yo no aprobaba la idea de atenderlos en el mismo sitio que a los magos, pero eventualmente, esa idea fue desapareciendo y me di cuenta que las ideas de mi abuelo Charles solo habían infundido miedo en mi miedo a lo desconocido. Miedo que poco fueron mitigando al acercarse a mi sin prejuicios.

Muchos hombres me buscaban y, como era de esperarse, se sintieron atraídos hacia mi persona. Yo lo tomaba como una diversión, entretenimiento. Era divertido ver como peleaban entre ellos por invitarme a salir y era aún más divertido ver como papá les apuntaba con la varita amenazándolos. No fue hasta que no le dije que no tenía interés alguno en nadie hasta que supiera que iba a salir con vida de esto, dejó de hacerlo.

No fue sino hasta que conocí a Jack que me mostré verdaderamente interesada en él, aunque no de una forma física, sino más intelectual y espiritual. Él me esnseñó muchas cosas sobre los muggles. Incluso me regaló un teléfono celular para poder conversar con él en mis tiempos libres. Fue, quizá, mi escape a todo lo que estaba viviendo con la pandemia. No me enamoré en ese momento y tengo la sospecha de que pareciera que me había aprovechado de él y solo lo hubiera utilizado. Y quizá así fue por algún tiempo antes de partirle el corazón cuando supo que yo no le correspondía. Porque yo solo lo quería y estimaba como a un buen amigo. Como el amigo que nunca tuve.

Eventualmente Jack comprendió la situación y entendió que veníamos de mundos totalmente diferentes.

Como buen amigo, estuvo conmigo cuando Paprika murió y, de una forma u otra, él también estuvo pendiente de visualizar a Niels y cuando el funeral terminó, pude darme cuenta que él sintió alivio al no verlo. Al contrario que él, yo sentí añoranza por verlo de nuevo con su andar altivo y sonrisa de Gioconda con su mirada acerada dirigida a la mía.

No pude evitar sentir un poco de pena por mi padre o por el señor Tobías, porque ambos habían perdido un gran trozo de su alma. Ambos habían perdido a Paprika y por primera vez, ambos se miraron con un dolor mutuo que los acercaba más y el lazo se estrechaba más.

Jack no dejó de sostenerme la mano fuertemente durante todo el rato.  Él, además de mi padre, sintió el dolor que le pesaba a mi alma. Paprika, antes de morir, me había dicho que me amó como si fuera su propia hija y me pidió que cuidara de mi padre y mis hermanos. Esa mujer era tan buena conmigo que me hizo arrepentirme de todo lo mal que la había tratado antes y de lo seca que era con ella, y aún ahora, me siento tan culpable. Mi padre lo presiente a pesar de no hablar de ello.
Jack durmió conmigo esa noche. Aún recuerdo lo hermoso que se veía al lado de la chimenea y como las sombras dibujaban siluetas multiformes en su pálido rostro dejando ver sus ojos verdes más brillantes. Su rubio cabello le caía disparejo por debajo de las cejas. No recuerdo el momento en que me dejé llevar y me permití besarlo, avivando más esa flama dentro de su ser. Y tampoco me di cuenta de cuando me había enamorado de mi Jack.

Me enfadé conmigo misma pues me había jurado no volver enamorarme y quebrantado mi propio juramento. Le odié por hacerlo cambiar mis ideas y por haberme orillado a casi entregarme a él primera vez. Y ahora me arrepiento de no haberlo hecho, porque Jack se me había ido de las manos al día siguiente. Me lo habían arrebatado de la misma forma que me lo habían entregado. Por casualidad. Y ahora estaba muerto. Muerto con tantos otros. Pero él era MI Jack. Fue la única persona que logró ver como era yo en realidad además de mi apariencia hermosa. Fue quien me hizo ser yo misma y quien me había bajado al suelo, para ser como él, con él.

Me había rescatado y yo no supe cuando me había despedido de mi caparazón y lo había dejado entrar en mi vida. Había sido mi rayito de luz en un mundo de oscuridad.

Mi familia pasaba por un momento difícil. Nos debatíamos entre regresar y quedarnos porque era nuestra oportunidad de seguir creciendo como sanadores, pero estaba Thaddeus, mi medio hermano. No estaba segura de querer otro hermano en este momento. Mucho menos alguien a quien había visto observarme de forma lasciva y desagradable en más de una ocasión y sinceramente no quería tener que ser agradable, pero tendría que hacerlo, por mi padre.

En realidad, siempre simplemente quisiera estar infectada para morir y reunirme con mi adorado Jack, pero no puedo hacerle esto a mi padre y tampoco a mi abuela. Ya han perdido demasiado y han sufrido mucho más que mucha gente que ha vivido más años que ellos. No podía hacerles eso.

Tenía que resignarme a vivir con esto durante toda la vida. A vivir con el amor hacia un muerto, con el deseo de haber querido entregarme a él y tener una extensión de él creciendo dentro de mi ser, pero sé que no será así porque lo desperdicié. Solo puedo vivir con la añoranza de algo que perdí y que siempre extrañaré.  
Esta es una historia que escribí hace mucho tiempo. Es sobre unos personajes de mi autoría y a los que quiero mucho y me ha costado dejarlos parados por tanto tiempo sin terminar esto. Espero lo disfruten.

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Memorias




Aquella mañana había sido una de las más frías de aquél otoño en el que a penas era un adolescente de diecinueve años. Esa etapa en la vida en la que uno nunca se imaginaría siquiera en tener a la muerte pisándote los talones, en tentarla tantas veces y salir vivo…en más de una ocasión. Tal vez sin siquiera merecerlo.

No había visto a Charlotte en semanas, incluso mucho más tiempo del que me hubiera gustado dejar pasar después de lo de Italia.

Para ser sincero, aquella mujer me había manejado por completo, y yo…seguí mis instintos, fui guiado por mis placeres, caí en las redes de mis más bajos e insanos deseos. Perdí el control de mi mismo, de mis acciones…de mi mente, y de mi corazón, que aún clamaba por el cuerpo de otra persona, por el palpitar de otro corazón, por las caricias de otra piel.

No supe cuál había sido el momento en que me había olvidado de todo al ver esos ojos claros, esos ojos serenos. El momento en el cuál olvidé mi corazón y lo que sentía por ella, para cambiarlo por el simple deseo febril de la belleza extraordinaria de la Veela que tenía entre mis brazos con unas copas de más. Entregada por completo al mismo sentir que yo en ese momento, ese placer desenfrenado que me había hecho olvidarme de todo.

No lo sabía, e incluso ahora, casi dieciséis años después, sigo sin saberlo del todo.

Incluso esa mañana que me había citado, aún me preguntaba por qué me había abandonado a sus pies, le había prometido el mundo entero con tal de que fuera mía esa noche sin saber si podría dárselo.

Pero ese día, esa fría mañana de Otoño supe, que esa promesa tenía que ser cumplida.

“Estoy embarazada..”—me dijo la hermosa rubia mirándome a los ojos.—“El crío es tuyo. Estoy segura.”

Fue como si me hubieran echado un balde de agua congelada ahí mismo. ¿Estaba embarazada? ¿Es que acaso pude haber sido tan estúpido como para no haber tomado mis precauciones en una noche de pasión y alcohol corriendo por mis venas? Si. Lo había sido y ahora no había forma de remediarlo. No lo arreglaría. No de esa forma.

Negué con la cabeza. No estaba preparado para ser padre, no a los diecinueve años. No cuando aquella maldita enfermedad me había infectado volviéndome completamente loco, no cuando solo defraudaba a mis padres, como cuando no pude salvar a Julian o a Paula. No cuando se tratara de mi. Yo no podía ser padre.

¿Qué podía decirle a Charlotte? Yo le había prometido una estrella del firmamento si me la pidiera. Y ahora, a pesar de que no lo pedía con palabras, su mirada gritaba a voces que le ayudara. No podía dejarla sola, no cuando sus padres la corrieran de su casa, no cuando el pequeño ser que cargaba dentro de su vientre era mi hijo. Simplemente no pude hacerlo.

Aquella noche no fui a dormir a casa como regularmente lo hacía. Había pasado toda la noche vagando por Londres mientras pensaba qué hacer con mi vida, con la vida de Charlotte y con la de aquél pequeño ser que había sido concebido bajo irresponsabilidades de las cuáles, él no era culpable de nada, en absoluto.

¿Qué se hace cuando, a pesar de ser un adulto en el mundo mágico, te sientes como un niño que podría ser regañado por cometer el peor de los actos en el Colegio? ¿Qué pasa cuando sabes que lo que debes hacer es decírselo a las personas que más te sermonearán y más se defraudarán de ti por haber hecho lo que hubieras hecho? Nada, decírselos y esperar que te apoyen.

Como lo había temido, mamá fue quien mayor enfado mostró, sin embargo, ella misma había cometido el mismo error que yo. Ella había tenido a Julian antes de casarse con papá, y siempre nos lo ocultó. Ahora nadie se lo reprocha, pues todos quisimos a mi hermano Julian como si siempre hubiera estado en la familia, y nos dolió de la misma forma haberlo perdido tan pronto. No tanto como a mamá, quizás, pero las muertes de Paula y Julian me marcaron, para toda la vida.

Por eso no reprochó demasiado. Papá es otra historia. Era admirable la paciencia que me tenía desde pequeño. He de admitir que nunca fui una persona con la que se pudiera razonar demasiado. La terquedad era algo que había heredado de mamá y papá siempre supo enfrentarlo. Lo aceptó de una forma increíble y aún siento un gran vacío por no haber sido el hijo ejemplar que hubiera querido ser para él.

Charlotte vino a vivir a casa conmigo. Mamá no estaba demasiado contenta al respecto, pues Charlotte era hija de uno de los matrimonios más renombrados del mundo mágico. Incluso eran dueños de unos cuantos equipos de Quidditch y papá siempre hablaba de ellos cuando yo era pequeño. Sin embargo, a pesar de que pudieran parecer una familia normal, eran conservadores, y el tiempo me ha llevado a pensar, que eran mortífagos. Detalle que no he confirmado y que en definitiva, no me gustaría confirmar.

La convivencia con Charlotte nunca fue la mejor de todas, he de admitir. Era una persona con un carácter difícil. Había sido siempre la niña consentida de su padre y eso le acarreó algunos problemas en casa al no poder obtener lo que quería en el momento en que lo quería, a pesar de que nosotros siempre le ofrecimos las mejores comodidades que podíamos darle con todo el esfuerzo del mundo.

Cuando entraba a la que era la habitación de Paula,  pasaba horas contemplando las paredes, leyendo sus garabateados apuntes de Pociones de la Universidad, incluso había momentos en que le hablaba sin obtener respuesta alguna. Pero le hablaba, sabiendo que donde fuera que estuviera, ella podría escucharme.

Aún recuerdo el día en que encontré esa carta que había dejado antes de morir. Leía párrafo por párrafo de esa letra manuscrita que tanto me costaba leer hasta aprendérmela de memoria. Ella quería que siguiera con mi vida, que mis padres hicieran lo propio, que cuidara de Julian.

¿Estaba mal haber derramado esas lágrimas por su muerte? ¿Haberme culpado por no haberme interpuesto entre ese Avada Kedavra y haber muerto en su lugar? Tal vez esté mal culparme por algo que no estaba en mis manos hacer, tal vez sea equívoco llorar y ser egoísta por no dejar ir a quienes ya no están en cuerpo con nosotros. Pero esa noche no me importó llorar por Paula, por Julian, por todos mis amigos que habían caído en batallas que estaban más allá de mi entendimiento. Incluso ahora mismo sigo lamentándome por todos aquellos que se fueron sin haber vivido lo que a mi me ha tocado vivir.

Me aprendí al derecho y al revés aquella carta arrugada que había encontrado en un rincón de su baúl que usaba desde Hogwarts, que aún conservo y llevo conmigo en la billetera. Ese fue el momento en que tuve valor de dejar abierta la puerta de esa habitación y convertirla en la de mi futuro hijo. Porque Paula así lo hubiera querido. Porque ella querría que su sobrino fuera feliz, que su hermano gemelo le diera a él o ella lo que ella nunca pudo hacer.

Compré muebles, pinté las paredes de color amarillo. Compré muebles y arreglé la habitación en la cual al entrar, ya se me ensanchaba el corazón al saber que en unos pocos meses, me convertiría en padre. Al darme cuenta lo que un pequeño ser, que ni siquiera conoces, puede lograr en ti.

Cuando crees que has pasado todo el miedo que crees pasar cuando te enfrentas a la muerte una y otra y otra…y otra vez, llega el momento que jamás creías que llegaría. Ese momento en que no sientes miedo, el momento en que sientes verdadero terror porque cuando crees que el embarazo de tu pareja va bien, todo se derrumba al ver que puedes estar a punto de perder al ser que más te importa en la vida, por quien darías la vida entera.

Ese fue el día que más miedo he sentido en mi vida. Mucho más que cuando tuvimos que enfrentarnos a un par de Dragones Bicéfalos en la Universidad. Esto me sobrepasaba.

El embarazo se había complicado por alguna razón que todos desconocemos. Incluso mi padre, uno de los mejores sanadores del mundo, nunca logró descifrar qué había pasado.

El saco amniótico se había desprendido y eso fue lo único que logramos entender. Ni siquiera nos había dado tiempo de llegar al hospital. Charlotte sangraba y tuvimos miedo que, si la trasladábamos, podrían morir ella y el bebé de siete meses y medio de gestación. Ni siquiera pudimos moverla de mi habitación, de mi cama. Todo tuvimos que hacerlo ahí.

Mi padre estaba angustiado, se le veía en la mirada y me sentía el ser más impotente sin poder hacer nada.

“Me duele mucho...”—me dijo la hermosa rubia con expresión de dolor en el rostro. Expresión que comenzaba a matarme.—“Tengo miedo, mucho miedo.”

Yo también estaba aterrado. No sabía que era lo que sucedería. Y lo que más me asustaba, era pensar que posiblemente aquella fuera la última noche que tuviera a su lado.

Negué con la cabeza mientras sentía sus ligeras pulsaciones desaparecer y la sostuve con más fuerza para que sintiera que ahí estaba, que no la iba a abandonar.

“Lo sé, lo sé, cariño, ya va a pasar..”—le repetía una y otra vez, como si aquello fuer a hacerla sentir mejor, como si la vida fuera a dejármela por más tiempo. Como si fuera a tener resultado.

Mientras mi padre la revisaba, mi madre llegó, y logré verla en el marco de la puerta cubriéndose el rostro con ambas manos, completamente petrificada, sin poder hacer que sus funciones motrices respondieran. Hasta que mi padre le pidió que llevara toallas limpias y un cazo con agua tibia.

Mi bebé iba a nacer esa noche y no podíamos evitarlo. No podríamos hacer que esperara mes y medio más para que naciera completamente desarrollado, que naciera completamente sano.

En ese momento, yo no era un aspirante a sanador, no era un estudiante de medimagia que sabe controlarse en situaciones de estrés. Era un padre que no sabía si su mujer y su bebé terminarían con vida. Y eso me aterraba.

Seguí las indicaciones de mi padre al pie de la letra, senté a Charlotte y la ayudaba a que hiciera el esfuerzo para que el bebé saliera. Pero parecía tan difícil.

“Jonathan, Jonathan, no me dejes…..”—me había pedido con una mirada de agonía que no la dejara. Y no iba a hacerlo, sin embargo, yo nunca caí en cuenta de que la frase que jamás se terminó, era una petición de que no la dejara morir.—“No va a pasar, no va a pasar… Jonathan tengo miedo.”

“No voy a dejarte, no voy a dejarte..”—le repetía una y otra vez mientras le besaba la frente, secándole el sudor y ayudándola para que el esfuerzo que tenía que hacer fuera el mínimo.—“Aquí estoy.”

Y de un momento a otro, Charlotte se había desvanecido en mis brazos después de haber tenido al bebé, que en ese momento, no había visto, porque no lloraba y mi madre hacía todo lo posible por hacerlo llorar, hasta que finalmente, un leve quejido inundó la habitación.

Mi padre regresó con Charlotte, intentando que recuperara la conciencia mientras yo permanecía inmóvil a su lado, sin saber qué hacer, cómo reaccionar, como actuar ante esa situación.

“¡Charlotte! ¡Despierta! Papá haz algo, ¡por favor sálvala!..”—le decía mientras sacudía suavemente sus hombros y le acariciaba el rostro intentándola hacer que despertara.—“Charlotte por favor.. despierta, te lo ruego.”

Mi padre me apartó, intentando que recuperara la conciencia de nuevo, pero no pudo hacerlo. Miró el reloj empotrado en mi habitación y colocó una de las níveas manos de Charlotte sobre su menudo cuerpo, mirándome, con una lágrima recorriéndole la mejilla.

Negué violentamente con la cabeza, sacudiéndole los hombros a Charlotte, intentándola hacer que despertara, mirando a mi padre, tomándolo del cuello de la camisa.

“No… ¡NO! ¡SÁLVALA! ¡NO SE PUEDE MORIR! ¡NO PUEDE IRSE!..”—le jalaba el cuello de la camisa como si eso fuera a regresármela, como si eso fuera a hacerla despertar.—“¡LE PROMETÍ QUE ESTARÍA BIEN! ¡TU PUEDES HACER QUE DESPIERTE, VAMOS! ¡SÁLVALA!”

Mi padre me miró con tristeza, y yo lo miré a él, con enojo a sabiendas de que él no podría hacer nada. De que no podría regresarla a la vida aunque quisiera hacerlo. Me habló del bebé, pero dije que no quería ver a nadie en ese momento, que me dejaran solo, que se fueran.

Y lo hicieron. A pesar de sus miradas de asombro, lo hicieron y me dejaron solo con el cuerpo inerte de la rubia. Tomé su cuerpo entre mis brazos y escondí el rostro en su rubio cabello y lloré.

Decir que me partía el alma saber que mi bebé no tendría a su madre. Sentía como si una parte de mi se hubiera ido, como si me hubieran arrancado  de las manos algo que pudo haber sido salvado. Sentía cómo las lágrimas me recorrían el rostro escondido en los rubios cabellos de la Veela, sin mirar a ningún sitio en concreto, sin decir nada, sin pensar nada. Yo no soy una de esas personas a las que no les importa llorar, no por ello soy menos hombre o cosas por el estilo que suelen decirle a los hombres desde pequeños. No, al contrario. Sin embargo, no me gusta y jamás me ha gustado derramar lágrimas por una muerte. Mucho menos una como esta.

En ese momento había comprendido lo que había sentido Jack Finnerty al perder a Violett. Lo que había sentido mi abuela cuando murió mi abuelo. Lo que entían las personas que perdían a quien amaban, a su pareja, con quien pasarían o habían pasado la mayor parte de su vida. Si soy sincero, yo no sabía si podría enamorarme de Charlotte Appleyard de buenas a primeras. La muchachita que siete meses atrás era la típica caprichosa que obtenía lo que quería tan solo de pestañar un par de veces, mostrando esos preciosos ojos.

Sin embargo, cuando empezamos a vivir juntos, me di cuenta de que aquello era simplemente una pantalla. No mentiré, la convivencia al principio era difícil, decía que si, decía que no, y a pesar de que poco la entendía y que era un misterio, no cambiaría nada en ella. Porque así me había enamorado de ella, no por su belleza, no por sus bienes, me había enamorado de su corazón.

Porque la amé. La había amado de una forma que no podía explicarme, de una manera distinta a como había amado alguna vez. Y me dolía saber que ella nunca lo sabría, porque nunca se lo había dicho. Grité. Grité tan fuerte como pude sin apartarla de mi abrazo. No quería apartarme de ella, pero sabía que, a pesar de todo, tendría que hacerlo.

“Lo siento, lo siento, lo siento.”—Repetí, susurrando una y otra vez, como si ella fuera a decirme que estaba bien, que ya no estaba sufriendo, que se alegraba de haberme entregado un regalo maravilloso: una hermosa niña que yo ni siquiera había querido ver. Que siguiera adelante por la bebé, pero no lo haría y me dolía terriblemente darme cuenta de ello.—“Te amo y nunca te lo dije.”

Las manos me temblaban mientras le retiraba el rubio cabello del hermoso rostro que, aún después de haber fallecido, conservaba esa belleza sin igual que había hecho que yo me fijara en ella desde el principio. No quería mirar al otro extremo de la cama. No quería encontrarme con la sangre que la rubia había derramado. Simplemente no quería ver, pero tenía que hacerlo. Debía hacerlo.

Me puse en pie, secándome las lágrimas con violencia, y caminé hasta el otro extremo de la habitación. Tomé una toalla limpia y la remojé en agua, para comenzar a limpiar el cuerpo de Charlotte, con sumo cuidado, como si fuera a romper a la fina muñequita de porcelana que alguna vez había sido una hermosa veela.

Respiré hondo y le cambié el vestido por uno limpio, por uno color lavanda que le había regalado hacía unos días, y se lo puse, con el mismo cuidado que antes. Le hice un delicado moño y le arreglé el cabello, poniéndole un broche en forma de libélula que se encontraba en la mesilla de noche.

Me senté en la silla del escritorio, tan solo observándola, imaginándome la vida que podría haber tenido si ella no se hubiera ido. Si ella estuviera despierta con la bebé en brazos, feliz de tener en brazos al bebé que finalmente deseaba tener.

Sentía cómo las lágrimas me recorrían las mejillas y no hacía nada por evitarlo. Volví a secármelas con el dorso de la mano y me puse en pie, tomando el cuerpo inerte de la rubia en mis brazos, haciendo acopio de mi fortaleza, sin mostrar que me estaba muriendo por dentro. Salí de la habitación y no vi nadie fuera. Bajé las escaleras y fui directo a la sala, donde, con cuidado, coloqué a Charlotte en uno de los sillones, poniéndole las manos sobre el aún abultado vientre y acomodándole el cabello. Me acuclillé a su lado y la besé en la frente, suspirando y volvía  ponerme de pie. Sentí la mirada de mi madre y me crucé de brazos, sin mirarla.

“La bebé…¿está sana?.”—le pregunté a mi madre llevándome una mano al rostro, cubriéndome la boca.—“ ¿Está bien?.”

“Está perfectamente saludable. Un poco pequeña, pero sana.”—me dijo mientras la sentía acercase lentamente.—“ Además es hermosa. Se parece a ella, cielo.”

Asentí sin decir palabra alguna y me tallé el rostro. Luego metí las manos en los bolsillos y recordé lo que había puesto previamente en el izquierdo al tocarlo.

Una pequeña caja de terciopelo hizo que el corazón volviera a latirme fuertemente y que las lágrimas volvieran a recorrerme las mejillas. Recordé lo que había planeado aquella noche. Abrí la cajita y encontré un hermoso anillo de compromiso que había comprado un par de días antes.

“Esta noche iba a pedirte que te casaras conmigo.”—Le dije al cuerpo de la veela.—“Quizá hubieras dicho que no, pero me hubiera gustado escucharte decir si.”

La boda de Govinda y Derek me había hecho cambiar de opinión sobre casarme con Charlotte. Y aún así, me había costado un tiempo decidirme si valdría la pena o no. Pero ese día que lo había comprado, me había sentido feliz. Porque finalmente formaría una familia con alguien a quien quería. Con alguien a quien amaba.

Escuché a mi madre sollozar y acercarse hasta mi. Yo no me había percatado que llevaba a la bebé en brazos. Saqué el anillo de la cajita y me arrodillé junto a Charlotte, colocándole el anillo que le había comprado en el dedo anular. Nunca sabría si la veela hubiera aceptado o no, pero a mi me hacía feliz pensar en que si, lo habría hecho, que no habría tenido dudas. Que simplemente hubiera dicho que si.

“Debo.. yo debo informar a sus padres. Deben.. tiene que saberlo..”

“¿Quieres que lo haga yo?”—preguntó mi madre en un susurro, creyendo que me sería mucho más fácil que lo hiciera ella.

“No. Debo hacerlo yo.”

¿Cómo les diría a los Appleyard que ya había nacido su nieta pero que su hija había fallecido? ¿Cómo se los diría? No me sentía con fuerzas como para hacer algo de esa forma, pero debía hacerlo. Era mi deber hacerlo. Debía informar a todos quienes querían a Charlotte. Debía informarles a unos padres que le habían dado la espalda a su hija cuando se supo embarazada. No quería ni pensar en la que sería su reacción.

Giré el rostro hacia mi madre y finalmente, vi el pequeño bultito que llevaba en brazos. En ese momento, sentí una sensación que jamás había sentido. Me puse en pie y me llevé una mano al cabello, rascándome la sien. La señalé sin decir palabra alguna y me señalé a mi al mismo tiempo.

“¿Puedo…?.”—Las palabras no me salían como quería. Se me quebraba la voz y el nudo en la garganta era cada vez mayor—“¿…puedo cargarla?”

Mi madre asintió y me entregó con sumo cuidado a la diminuta niña. Sentí en ese momento como el corazón se me ensanchaba y como me latía apresuradamente. Me mordí el labio. ¿Estaba bien sentirme feliz cuando había muerto Charlotte? No lo entendía, pero al tener a mi bebé en brazos, sentía que no podía desplomarme, que debía ser fuerte.

Le miré los ojos cerrados y las manitas, sin poder evitar contarle los deditos de ambas, asegurándome de que los tuviera todos. Era tan pequeñita. Le puse un dedo en una de ellas y la bebé me apretó con fuerza. Era la niña más hermosa que había visto en toda mi vida.

La miré y contemplé durante minutos enteros, incluso llegué a tararearle la misma canción que solía tararearle cuando aún no nacía, y por un momento, que seguramente había sido mi imaginación, pero juraría haberla visto sonreír.

Sonreí de una forma inexplicable, sintiendo como una lágrima recorría mi mejilla y llegaba hasta su frente. Se la sequé con mi dedo índice y la besé con ternura, con devoción.

Ni Charlotte ni yo habíamos pensado como querríamos que se llamara en caso de ser niña. Siempre pensamos que sería niño y habíamos pensado en su nombre. Pero no sabíamos el nombre de niña. Volví a mirarla con una ternura que me creía incapaz de manifestar, pero que comenzaba a conocer y que, sinceramente, me fascinaba.

“Romina.”—dije de la nada—“Te llamarás Romina”